C. D. Friedrich y el romanticismo alemán. El alma de la naturaleza

Pedro da Cruz

Caspar David Friedrich (1774-1840), unánimemente considerado la encarnación del artista romántico, nació en Greifswald, sobre el Mar Báltico (en la zona de Pomerania que perteneció a Suecia entre 1630 y 1815). Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Copenhague, y luego se radicó en Dresde, capital del reino de Sajonia, donde estableció una amistad duradera con el pintor noruego Johan Christian Dahl.

    A pesar del estrecho contacto del pintor con los países nórdicos, su obra fue mostrada por primera vez en la región en la exposición “Caspar David Friedrich. La naturaleza animada”, recientemente realizada en el Museo Nacional de Estocolmo. El hecho es parte del tardío reconocimiento de la obra de Friedrich, la que fue “olvidada” durante la segunda mitad del siglo XIX, reconocida a nivel local en Alemania hacia 1900, utilizada como propaganda nacionalista por el régimen nazi, para finalmente ser aceptada internacionalmente luego de importantes exposiciones retrospectivas realizadas en Londres y Hamburgo en los años 70. 

NACIONALISMO ROMÁNTICO. Hacia fines del siglo XVIII se impuso en Europa el neoclasicismo, un movimiento inspirado en los ideales clásicos de la Antigüedad, que en el campo de las artes alcanzó su máxima expresión en la pintura de Jacques-Louis David, caracterizada por el predominio del dibujo y un uso mesurado del color. Poco después surgió el movimiento romántico, el que en algunos países europeos coincidió con los ideales de libertad e independencia inspirados por el ejemplo de la Revolución Francesa.

    Un ejemplo paradigmático de artista romántico fue el de Lord Byron, que participó en la lucha de los patriotas griegos contra la dominación del Imperio Otomano, lucha que también fue motivo de algunas de las principales obras del también romántico Eugène Delacroix. En los territorios de habla alemana los ideales románticos inspiraron movimientos que se oponían a la influencia de potencias extranjeras, especialmente la presencia de tropas francesas que siguió a los triunfos de Napoleón. Los románticos bregaban por la unificación de Alemania, lo que recién se concretó con la fundación del Imperio en 1871.

Crucifijo en paisaje montañoso, 1812

    Friedrich se opuso a la presencia de los franceses, y añoraba la época de su niñez y juventud, antes que Greifswald pasara a pertenecer a Prusia. A pesar de que permaneció en Dresde luego de radicarse allí, volvió repetidas veces a su ciudad natal, siendo el paisaje de la costa báltica y de la isla Rügen el motivo de varias de sus obras. En Edades de la vida (1834) el propio Friedrich se retrató junto a su hijo (a quién dio el nombre de Gustavo Adolfo en homenaje a dos de los más importantes reyes suecos) y sus nietos, los que levantan una banderita sueca. En el mar barcos a vela de distinto tamaño también simbolizan distintas etapas de la vida; el más grande, que simboliza al pintor, con las velas arriadas.

ESENCIA DIVINA. Mientras que el romanticismo dio lugar en Francia a un arte que representaba gestos y movimientos en motivos bélicos y de caza, en Alemania, y especialmente en la obra de Friedrich, la quietud de la naturaleza ocupa un lugar central, no sólo como entorno físico, sino también como encarnación de la presencia de Dios. Tal representación fue en parte resultado de la concepción protestante de una relación directa entre el creyente y la divinidad, sin mediación de la iglesia, como era el caso en los países católicos.

    Las obras más conocidas de Friedrich son las que conjugan la sacralidad de la naturaleza con elementos relacionados a la religión y la vida eterna, como La cruz en las montañas (1808), con un crucifijo en la cima de una roca rodeada de pinos, y Crucifijo en paisaje montañoso (1812), con un bosque rodeando una catedral gótica que domina la composición.

    Otro motivo omnipresente es el de las ruinas, uno de los preferidos de los artistas románticos, al punto de que durante esa época, rememorando las ruinas de la antigüedad, se construyeron ruinas y grutas en paseos y parques. Friedrich prefirió como motivo ruinas de iglesias y conventos, una forma de vanitas, motivos que recordaban al espectador lo efímero de la vida terrenal. De esas obras se destacan El convento en el bosque de robles (1809) e Invierno (1834). También pintó cementerios semiabandonados, como La tumba del pintor Gerhard von Kügelgen (1821) y La puerta del cementerio (1828).

Pareja mirando la luna, 1824

PRESENCIA HUMANA. El método de trabajo de Friedrich estaba basado en la realización de bocetos, dibujos a lápiz y tinta, cuyos motivos eran objetos y detalles de la naturaleza, ya fueran barcos, pájaros, árboles o piedras, así como estudios de la figura humana. En un estilo realista, los motivos de los dibujos eran luego integrados en las composiciones con contenido simbólico que el artista realizaba en su taller, ya que a principios del siglo XIX aún no se pintaba al aire libre.

    Un motivo frecuentemente elegido por los artistas románticos fue el de los naufragios, escenas cargadas de sentido trágico. Friedrich pintó restos de barcos sin incluir las figuras de las víctimas, una suerte de reminiscencia de la presencia humana. En Después de la tormenta (1817) los restos de un barco se ven entre rocas de una costa que es azotada por las olas, mientras que en El mar de hielo (1824) los restos de un barco quedan casi ocultos por enormes bloques geométricos de hielo que surgen de la superficie helada del mar.

    En obras de Friedrich en las que aparecen figuras humanas, éstas están subordinadas al papel dominante de la naturaleza. Las personas, en una escala muy pequeña, son en general siluetas que dan la espalda al espectador, en poses meditativas, contemplando la inmensidad del cielo en entornos montañosos o de la costa marítima.

Mujer a la puesta del sol, 1818

    En Dos hombres contemplando la luna (1820) los personajes miran un cielo enmarcado por ramas retorcidas de viejos árboles. El personaje de Caminante sobre un mar de nubes (1818) contempla, solo en la cumbre de las montañas, las nubes que cubren el valle que se adivina a sus pies. La presencia de los elementos naturales es también dominante en obras que representan calmas escenas de la costa del Mar Báltico, a veces con la presencia de pequeños barcos y siluetas humanas, como en Salida de la luna junto al mar (1822) y Costa a la luz de la luna (1836). Un cielo nublado y un mar embravecido son los motivos de Monje junto al mar (1809), en el que una diminuta figura que mira el mar parece desafiar la fuerza de los elementos. En Las rocas en Rügen (1818) dos hombres y una mujer (el propio Friedrich, su hermano y su cuñada) contemplan un mar enmarcado por filosas rocas blancas y un oscuro follaje.

    Las personas retratadas en solitario en medio de los elementos adoptan distintas actitudes. En Mujer a la puesta del sol (1818), el personaje, visto de espaldas en un fuerte efecto de silueta, eleva los brazos mientras observa los rayos de sol que alumbran tras una montaña lejana. En Paseo al atardecer (1835) un hombre mayor ataviado con capa y sombrero, similar al retrato de sí mismo que Friedrich había pintado en Edades de la vida, el personaje no contempla el sombrío bosque por el que camina, sino que mira, recogido y cabizbajo, el sendero que se abre ante sus pies. 

El País Cultural. No. 1058, 5 de marzo de 2010, Montevideo, Uruguay.

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