Actualizando a Giotto (1267-1337). Los talleres y los genios

Pedro da Cruz 

La fecha de nacimiento del pintor y arquitecto Giotto di Bondone, o simplemente Giotto, no se conoce con exactitud. Se especula con que nació en 1267. Según una crónica de la época murió a los setenta años en 1337. Vivió a medio camino entre el Duecento y el Trecento (los siglos XIII y XIV en Italia), y fue contemporáneo de pintores como Simone Martini, Duccio y Cimabue. Estos artistas fueron precursores de cambios que implicaron el gradual abandono del arte inspirado en lo bizantino, con figuras planas y simbólicas – la maniera greca -, y la subsiguiente adopción de un lenguaje pictórico más realista, con figuras que representaban volumen, peso, y una relación con el espacio circundante. Dicho cambio es evidente si se comparan las obras de Giotto con las de Cimabue, algo mayor que el primero, y posiblemente su maestro.

    El Trecento es calificado como el pre o proto-Renacimiento, ya que fue la época en que comenzaron a cristalizar los elementos fundacionales de una nueva cultura. El Renacimiento surgió en el Quattrocento (el Renacimiento temprano o Bajo Renacimiento del siglo XV), con artistas como Andrea Mantegna, Masaccio, Fra Angelico, Sandro Botticelli y Piero della Francesca, y se desarrolló durante el Cincuecento (el Alto Renacimiento del siglo XVI), durante el que floreció el arte de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti y Rafael Sanzio.

    Los principios de concepción del espacio pictórico establecidos durante el Renacimiento (la perspectiva central y el cuadro concebido como una “ventana”), influyeron en el terreno de las artes plásticas hasta prácticamente los albores del siglo XX. Giotto fue y es considerado un renovador, un artista importante para el surgimiento de los principios renacentistas, pero la visión sobre su figura, y sobre la relación de su arte con otros fenómenos de su tiempo, ha variado durante las últimas décadas. 

LA FIGURA DEL GENIO. Giotto fue apreciado y alabado ya por sus contemporáneos, entre otros por Dante Alighieri y Giovanni Boccaccio, quienes se refirieron a la excelencia su arte en un pasaje del Purgatorio de la Divina Comedia y en el Decameron respectivamente. Dos cronistas de la época, Giovanni de Nono y Pietro d’Abano, consideraron obras que Giotto había realizado en Padua durante la primera década del Trecento.

    Dos siglos más tarde, Giorgio Vasari (arquitecto, pintor y escritor renacentista) cimentó la fama de Giotto en su libro Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos, de Cimabue a nuestro tiempo (1550). Luego, durante el siglo XIX, entre otros factores debido a la influencia del pensamiento del escritor y crítico de arte inglés John Ruskin, se asimiló la figura de Giotto a la del genio, una visión romántica del “don” de ciertos artistas, a los que se atribuía un papel clave en los cambios de estilo y orientación del arte durante distintas épocas históricas.

    En cuanto a la idea del genio, durante el siglo XX aparecieron nuevas corrientes de pensamiento que dieron creciente importancia al papel jugado por factores sociales, políticos y económicos en los cambios de paradigma durante el desarrollo cultural de la humanidad. Entre otros, el libro de Arnold Hauser Historia social de la literatura y el arte (1951) fue un hito en el estudio de aspectos colectivos de los cambios en el terreno artístico, incluso en sociedades en que no existía la figura individual del artista con nombre propio.  Aplicado al caso de Giotto, la idea de un artista genial, que con su personalidad y su accionar podía cambiar el curso del desarrollo del arte de toda una época, dio lugar a la figura de Giotto como catalizador de cambios que evidentemente ya se venían produciendo en las obras de varios artistas italianos activos a fines del siglo XIII. 

LA “IDEA” DE GIOTTO. Un reciente estudio que confirma esa línea de pensamiento es The Cambridge Companion to Giotto, editado por Anne Derbes y Mark Sandona (Cambridge University Press), con contribuciones de una decena de catedráticos de Estados Unidos, Inglaterra y Canadá, expertos en arte italiano de la Edad Media y el Renacimiento. En vez de estar centrados en la figura de Giotto y las obras sobre las que hay consenso son de su mano propia, los autores hablan de un “espíritu” relacionado a Giotto, ya sea por las obras producidas por ayudantes y aprendices en su taller, como por obras que están basadas en los mismos principios, aunque la autoría de las mismas sea discutida.

    Entre otros temas, los ensayos incluidos en el libro discuten las prácticas de los talleres artísticos de la época, las relaciones de los artistas con los patrones religiosos y seculares, las innovaciones estilísticas de Giotto en pintura y arquitectura, las obras que realizó para la orden franciscana en varias iglesias de Italia, y un completo análisis de su obra más conocida: los frescos de la Capilla de la Arena en Padua.

    Giotto fue pintor y arquitecto, y puede ser considerado un ejemplo de precursor de lo que siglos más tarde sería tipificado como el “hombre del Renacimiento”, un hombre enciclopédico y activo en varias áreas de conocimiento, cuyo máximo exponente sería Leonardo da Vinci. La época de Giotto también fue la de la aparición de un nuevo sistema monetario, el sistema mercantilista, gracias al que los banqueros y sus familias pasarían a ocupar un papel preponderante junto a la nobleza y la Iglesia.

    Un hecho significativo es que los documentos de Giotto que aún se conservan tratan más de compra y venta de tierras, y de pedidos de préstamos y pago de los mismos, que de las obras que estaba realizando en cada oportunidad. Típico de una época en la que se comenzaron a abandonar los principios basados en el fervor religioso de la Edad Media, para pasar a aceptar por ejemplo el préstamo de dinero, y la anteriormente prohibida usura, uno de los beneficios del nuevo sistema económico gracias al que no era mal visto que se combinara la religiosidad con la ganancia. Parte de las ganancias eran a su vez invertidas en construir y decorar capillas e iglesias para honor eterno de los donantes.

    Otros factores importantes para la valoración de la época son las condiciones del mercado del arte, por ejemplo el papel jugado por los encargos de la Iglesia y los donantes. Surge una reinterpretación del concepto de originalidad, que se desdibuja en las obras realizadas conjuntamente por maestros y aprendices. El maestro era responsable de las obras producidas en su taller. Anteriormente la mayoría de las obras de la época eran atribuidas al maestro, no sólo en el caso de Giotto – lo que se ha ido revisando en el correr del siglo XX – prueba de una tendencia a atribuir las obras no ya a un individuo, sino a un colectivo de artistas, lo que cuestiona los conceptos de genio y autenticidad. 

Capilla de Arena, Padua

LA CAPILLA DE ARENA. La primera obra de gran envergadura que se atribuye a Giotto, aunque la más discutida en cuanto a su autoría, comprende dos series de frescos que se considera realizó en la Iglesia Superior de la Basílica de San Francisco en Asís a partir de 1295. La primera serie, los frescos pintados en la parte superior de las paredes del templo, tienen temas bíblicos como motivos. En la segunda serie los motivos son veintiocho episodios de la vida de San Francisco de Asís, quién recientemente había sido canonizado. Esos frescos cubren la parte inferior de las paredes de la iglesia, e incluyen varios retratos de carácter individual, con elementos que determinaron la imagen que luego se tendría del santo, lejos del hieratismo y la espiritualidad de la Edad Media.

    Los frescos de Asís muestran grandes diferencias de estilo y composición con obras posteriores de Giotto, lo que ha resultado en que varios expertos en pintura italiana cuestionen que sean obras realizadas por el mismo artista. Giotto y sus ayudantes fueron muy productivos, y realizaron trabajos en diversos lugares de Italia: en iglesias de la orden franciscana en Asís, Rimini y Padua, y otros encargos en Padua, Milán, Roma, Florencia y Nápoles. Pero sin lugar a dudas su obra más importante, y por la que sería reconocido por la posteridad, fue la serie de frescos que pintó en la Capilla de la Arena en Padua, que mandó construir el prestamista Enrico Scrovegni hacia 1300, y que debe su nombre a que fue edificada sobre los restos de un anfiteatro romano.

    El motivo del encargo fue un acto de expiación de los pecados de la familia Scrovegni, ya que el padre de Enrico era un conocido usurero, retratado incluso como tal por Dante en la Divina Comedia.

    El exterior de la capilla es muy simple, posiblemente diseñado por Giotto, pero sobre este tópico tampoco hay unanimidad entre los expertos. La capilla se terminó de construir y fue consagrada en 1303. Giotto recibió entonces el encargo de decorar el interior con una serie de frescos, trabajo que realizó entre 1305 y 1306.

    El esquema de decoración de las paredes laterales es muy simple: cuatro filas superpuestas de rectángulos separados por guardas con decoraciones geométricas. La temática de los frescos describe tres generaciones de la historia bíblica: comienza con la historia de Joaquín y Ana, los padres de la Virgen María, y el nacimiento de ésta; continúa con el nacimiento y la infancia de Cristo; y finaliza con la Pasión y la Resurrección. El programa pictórico, que constituye una unidad temática, fue completado con representaciones del principio y el fin de la historia de Cristo: la Anunciación y el Juicio Final, en las paredes del fondo y la entrada respectivamente.

    El resultado del trabajo de Giotto fue asombroso para su época, con detalles realistas en las figuras e intentos de perspectiva central en los espacios, elementos que reforzaron la tendencia a los cambios que habían mostrado los artistas de fines del Duecento. Las imágenes de Cristo en su aspecto humano, en un entorno más medieval que bíblico, rodeado de una arquitectura ideal que se anticipó a la arquitectura del Renacimiento, marcaron el desarrollo del arte del Trecento y serían las imágenes más conocidas de su época. 

MAESTRO FLORENTINO. Giotto había nacido en Vespignano, una localidad de Toscana. Ya activo como artista, vivió durante largos periodos en Florencia, ciudad de la que estuvo ausente mientras cumplía encargos artísticos que lo llevaron a viajar por gran parte de los territorios que siglos más tarde conformarían Italia.

    Entre las realizaciones del taller de Giotto conservadas en Florencia se destaca la Madona di Ognissanti (1310, Galería de los Uffizi), obra portátil de gran formato (325 x 204 cm.) pintada al temple sobre madera. Esta es una de las pocas obras sobre la que hay consenso acerca de que fue totalmente realizada por el artista. Se trata de un buen ejemplo de los cambios de estilo de la época: el fondo dorado y las hileras de santos recuerdan la estética medieval, mientras que las figuras de la Vírgen y el niño Jesús muestran nuevos rasgos de estilo en sus vestimentas y actitudes.

    En una de sus estadías en Florencia, hacia 1320, Giotto realizó frescos en cuatro capillas de Santa Croce (Santa Cruz), la iglesia franciscana más grande del mundo. El decorado de dos de las capillas fue encargado a Giotto por familias florentinas cuyos miembros eran banqueros del Papa: los Peruzzi y los Bardi. En la primera, el artista representó escenas de las vidas de San Juan Bautista y San Juan Evangelista. En la segunda, pintó escenas de la vida de San Francisco de Asís. Giotto parece haber tenido gran afinidad con los principios y la práctica de los franciscanos. Realizó obras en varias de las iglesias de la orden, e incluso bautizó a su hijo y a una de sus hijas con los nombres de Francisco y Clara, en honor de San Francisco y Santa Clara, seguidora del primero y fundadora de la orden de las clarisas.

    Luego de trabajar a las órdenes del rey de Nápoles Roberto de Anjou entre 1328 y 1333, Giotto regresó a Florencia. Un año después, en 1334, fue nombrado capomaestro (capataz de obras) de Santa Maria dei Fiori (Santa María de la Flores), la Catedral de Florencia, así como Arquitecto en jefe de la ciudad y Superintendente de obras públicas. Ese mismo año se comenzó a construir el campanile (campanario) que diseñó para la Catedral, pero que no llegó a ver terminado. Uno de los monumentos más visitados de Florencia, el campanile es muestra aún después de seis siglos, del genio del maestro florentino.

El País Cultural. No. 1015, 8 de mayo de 2009, Montevideo, Uruguay.

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