Francisco de Goya en Italia. El Grand Tour de un joven pintor

Pedro da Cruz 

Una costumbre instaurada a fines del siglo XVII, el Grand Tour, fue un viaje de iniciación que realizaban jóvenes aristócratas europeos, principalmente ingleses, para completar su formación política, cultural y en idiomas. Una de las metas más importantes del viaje era Roma, ciudad que, según Giorgio Vasari en su libro de biografías de artistas Vite (Vidas, 1550), ya en el siglo XVI era un destino insoslayable para conocedores de arte y artistas de toda Europa.

    Entre los artistas españoles que realizaron su viaje de aprendizaje a Italia en la segunda mitad del siglo XVIII se destacó Francisco de Goya (1746-1828). Pero él no pertenecía a la nobleza, aunque a partir de 1797, ya en estrecho contacto con los círculos de la corte de Madrid, firmaría “de Goya”, para darle a su apellido un toque aristocrático. Tampoco fue enviado a Roma como alumno de alguna academia de arte, sistema que en esa época fue instaurado en Francia con becas concedidas a estudiantes de la Escuela de Bellas Artes para estudiar en la Academia Francesa de Roma.

    Debido a que Goya viajó por su cuenta, aparentemente gracias a sacrificios económicos realizados por su familia, las circunstancias del traslado y la estadía en Roma no son conocidas en detalle por los autores que han estudiado la vida y obra del pintor español. Uno de ellos es Joan Sureda, quién ha sido catedrático de Historia del Arte en varias universidades españolas, y en la actualidad lo es en la Universidad de Barcelona. Sus campos de estudio se han extendido desde el románico español al arte de las vanguardias de comienzos del siglo XX (en 1993 publicó Torres García: la fascinación por lo clásico). En la actualidad está dedicado a estudios transculturales que han dado lugar a investigaciones como la que resultó en la publicación de Goya e Italia, catálogo de la exposición del mismo nombre recientemente realizada en el Museo de Zaragoza.

    Con motivo de la exposición, se reunió un gran número de obras realizadas por Goya entre 1770 y 1800 (pinturas, dibujos, grabados y tapices). Todo se exhibió en el contexto del ambiente artístico de la Roma del siglo XVIII, representado por obras de artistas como Antonio Canova, Jacques-Louis David, Jean-Honoré Fragonard, Henry Fuseli, Jean Auguste Ingres, Anton Mengs, Giovanni Piranesi y Giovanni Battista Tiepolo.

    Durante décadas el periodo italiano fue considerado como una aventura juvenil y jaranera, que no había tenido más importancia que fuente de inspiración para los tapices que Goya diseñó después de su regreso a España, el periodo de su arte considerado más “amable”. Hace poco varios autores, entre ellos Sureda, han analizado la importancia para toda la obra de Goya de, entre otras cosas, la revalorización de la Antigüedad, y la tradición italiana ejemplificada en el arte de Miguel Ángel. Aunque, debido a lo escaso de la documentación sobre el viaje, las argumentaciones se basan en pruebas sumamente endebles. 

MISTERIOS ROMANOS. Goya nació en Fuendetodos en 1746, y poco después su familia se trasladó a la cercana Zaragoza, capital del antiguo reino de Aragón. Allí fue alumno del pintor José Luzán, y ya en Madrid fue probablemente alumno del prestigioso Francisco Bayeu, quién tendría un papel importante en la vida futura de Goya, ya que sería su cuñado.

    Cuando entró en contacto con los círculos políticos y artísticos de la corte de Madrid, el joven Goya, que ambicionaba reconocimiento oficial, comprendió la importancia que un viaje a Italia tendría para su carrera como pintor. El objetivo era formarse en el cosmopolita ambiente artístico de la Roma de la época: la segunda mitad del fermental Settecento. La fecha del inicio del viaje no es conocida con exactitud, se supone que lo emprendió entre mayo de 1769 y marzo de 1770, con veintitrés o veinticuatro años.

    Tampoco se tiene certeza sobre la ruta que tomó, ni que medios de transporte utilizó. Es creíble que haya viajado por tierra (via Barcelona y el sur de Francia) hasta Génova, donde habría abordado un barco que lo llevó hasta Civitavecchia, a unos cincuenta kilómetros de Roma. Tampoco se conoce donde se alojó en Roma, ya que la antigua certeza de que lo hizo en el apartamento-taller del pintor polaco Tadeus Kunst, en el Palazzo Tomati de la via Felice, ha sido recientemente descartada. En cambio ahora se cree que vivió con “paisanos” aragoneses.

    Las actividades de Goya en los círculos artísticos de Roma están sólo parcialmente documentadas. Posiblemente asistió a la Accademia del Nudo y a la Accademia di San Luca, que usaban la Pinacoteca del Palacio Nuevo del Capitolio, creada por los Papas para la formación de estudiantes y entendidos de arte. Ante tal cúmulo de presunciones, sobre las que no hay consenso, cabe preguntarse si hay algo que se conozca bien acerca de las circunstancias del corto periplo italiano de Goya. 

Anibal vencedor, que por primera vez miró Italia desde los Alpes, 1771. Óleo

CUADERNO ITALIANO. Uno de los materiales conocidos de la época italiana, y el más importante, es un cuaderno de apuntes que ha sido denominado Cuaderno italiano. Estuvo olvidado durante mucho tiempo, hasta que su existencia fue revelada en 1993 con ocasión de la exposición “Goya, el capricho y la invención” en el Museo del Prado. El cuaderno contiene anotaciones y dibujos realizados entre 1770 y 1788, es decir que cronológicamente abarca un período de tiempo mucho más largo que el de la estadía italiana.

    Sureda lo caracteriza como un “cuaderno intermitente”, ya que no sería un cuaderno de bocetos tradicional, sino que junto a bocetos y dibujos de técnica y calidad desigual, relacionados a obras ya anteriormente atribuidas al autor y a otras conocidas recientemente, aparecen notas referidas tanto a la actividad artística como a la vida cotidiana y familiar de Goya. Gracias a esas anotaciones se conoce que, además de vivir en Roma, Goya visitó Venecia, Módena, Bolonia, Génova y Parma. Y que las obras que despertaron su admiración fueron las de artistas como Guido Reni, Tiziano, Correggio, Guercino, Rafael y Rubens. Bocetos de esculturas clásicas como el Torso del Belvedere y el Hércules Farnese (ambas pertenecientes a museos romanos) muestran el interés por la antigüedad que Goya compartió con los círculos intelectuales de Roma.

    La referencia a Parma es importante, ya que una de las escasas actividades comprobadas de Goya en Italia está relacionada a esa ciudad. Ya en el siglo XIX era conocido que en 1771 participó en un premio de pintura convocado por la Academia de Bellas Artes de Parma. Siguiendo la tradición académica, el tema del concurso estaba relacionado con el género de la pintura de historia: el paso por los Alpes de Aníbal, el general cartaginés que luego de realizar esa hazaña venció a los romanos. Pero no se conocía ninguna obra de la autoría de Goya relacionada con este concurso, hasta que hace unos años fue encontrada Aníbal vencedor, que por primera vez miró Italia desde los Alpes (1771), la más importante de las obras que el aragonés realizó en Italia. El estilo es típicamente académico, con un Aníbal vestido con los atributos de un guerrero de la época clásica, y una figura alegórica alada que representa la Victoria. El premio del concurso fue ganado por Paolo Borroni con la obra El genio de la guerra guía a Aníbal a través de los Alpes, mientras que Goya tuvo que conformarse con un reconocimiento del jurado. 

El quitasol, 1777. Cartón para tapiz

RITORNO IN PATRIA. Poco meses después del concurso en Parma, Goya ya se encontraba de regreso en Zaragoza, ciudad que había abandonado como un joven estudiante de arte. Sus estadías en Madrid y Roma le habían dado prestigio, ya que en octubre de 1771 le encargaron la obra La adoración del nombre de Dios para uno de los techos de la basílica Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Luego de su casamiento con Josefa Bayeu (hermana de los pintores Francisco, Manuel y Ramón) en julio de 1773, Goya recibió dos nuevos encargos de pinturas murales para edificios de Zaragoza: el palacio de los condes de Sobradiel y la iglesia de la cartuja del Aula Dei.

    Pero el aragonés tenía ambiciones de ser reconocido en la corte de Madrid, donde Francisco Bayeu ya gozaba de reconocimiento. Consecuentemente, a comienzos de 1775 Goya se estableció en la capital española con su familia (su hijo Antonio había nacido un año antes) para integrarse al grupo de pintores que abastecía a la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara de “cartones”, pinturas de gran formato que servían de base para el tejido de tapices.

    Durante los años siguientes Goya creó una importante serie de cartones, entre otros El quitasol, La vendimia, La cometa, El columpio y La gallina ciega, escenas costumbristas con personajes elegantes y despreocupados. La mayoría de los entendidos consideran que el estilo “italianizante” de los tapices derivó del barocchetto romano-napolitano (una variante menor del barroco del siglo XVII), que ya en la segunda mitad del siglo XVIII comenzaba a ser desplazado por el surgente estilo neoclásico. Otra posible fuente de inspiración para el trabajo que Goya realizó componiendo cartones fue el rococó francés, cuyo paradigma fue la obra de Jean-Honoré Fragonard.

    La influencia italiana en el arte favorecido por la corte española, especialmente en encargos realizados en relación a la construcción y decoración del nuevo Palacio Real, se reafirmó con el ejemplo de las obras realizadas en Madrid por Mengs y Tiepolo, dos de los pintores de más prestigio en la Roma conocida por Goya.   

El sueño de la razón produce monstruos. Los Caprichos 43.

SUEÑOS Y MONSTRUOS. El mundo arcádico de los tapices, con una naturaleza mostrada como un lugar de esparcimiento acogedor y placentero, va a ser paulatinamente sustituido en las obras de Goya por temas que reflejan inquietud y desasosiego ante un mundo que el pintor comienza a experimentar como adverso, entre otras cosas debido a su incipiente sordera. Una naturaleza amenazante, la disarmonía de los elementos, y la desesperación humana, comienzan a aparecer como motivos de sus obras, por ejemplo en Un naufragio (1794), donde una mujer levanta los brazos al cielo rodeada de cadáveres de ahogados en una costa rocosa.

    La nueva temática se refiere a los estados de sueño, la imaginación y las fantasías interiores, lo que también puede ser referido a posibles influencias de la estadía italiana. Cuando Goya vivió en Roma, también vivían allí artistas como Fuseli y Piranesi, conocidos por sus obras con escenas de pesadillas e interiores de cárceles utópicas respectivamente.

    Con el correr de los años Goya logró ser un excelente grabador que dominaba a la perfección técnicas gráficas como la punta seca, el aguatinta y el aguafuerte. Hacia mediados de la década de 1790 comenzó a trabajar con la que resultó ser su primer gran serie de grabados, Los Caprichos (1797-99), compuesta por ochenta láminas en las que develó las visiones, fantasías y monstruosidades que la mente humana es capaz de crear. El más conocido de los grabados de la serie es el número 43, El sueño de la razón produce monstruos, en el que un hombre con el rostro oculto entre sus brazos es rodeado por una serie de amenazantes animales fantásticos. Los restantes grabados están poblados de un sinfín de extraños y terroríficos personajes, como brujas y animales (burros, murciélagos, lechuzas y otros pájaros) que se comportan como estúpidos humanos.

    A pesar de grandes variaciones en su estado de ánimo, que lo llevaron a dejar de pintar durante ciertos periodos, y de sufrir varias contrariedades físicas, a Goya aún le restaba crear algunas de las obras consideradas cumbres del arte español de todos los tiempos, entre otras los frescos en la iglesia San Antonio de la Florida en Madrid (1798), La familia de Carlos IV (1801), La maja desnuda y La maja vestida (ambas de 1805), Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 (1814), la serie de grabados Los Desastres de la guerra (1814), y las “pinturas negras” (1823) que realizó en su propia casa, la llamada Quinta del Sordo.

GOYA E ITALIA, editado por Joan Sureda. Turner/Fundación Goya en Aragón. España, 2009. Distribuye Océano. 390 págs.

El País Cultural. No. 1030, 21 de agosto de 2009, Montevideo, Uruguay.

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