Ingres y el arte académico. Extravagancias de un neoclásico

Pedro da Cruz 

En 1785, cuando Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) tenía cinco años, Jacques-Louis David expuso El juramento de los Horacios (1774) en el Salón de París. Años más tarde, David, figura fundamental del neoclasicismo, un movimiento inspirado en las culturas clásicas y basado en el género de la “pintura histórica”, sería maestro de Ingres. Las obras de ambos fueron el paradigma de un movimiento que dominó, en formidable competencia con el surgente romanticismo, el mundo de las artes en Francia durante la primera mitad del siglo XIX.

    Pero la comparación de las sólidas obras de David con las de Ingres, que en algunos casos muestran incongruencias con el estricto modelo neoclásico, deja entrever contradicciones y un acercamiento a los ideales románticos, lo que le causaría a Ingres una serie de dificultades cuando se propuso ser el indiscutido exponente del arte oficialista. El rechazo que en ciertos casos generaron sus obras, caracterizadas como “bizarras” por algunos de sus contemporáneos, causó que se mantuviera distanciado de los círculos del arte oficial durante varios años.

    La vida y la obra de Ingres han sido objetos de estudio de numerosos trabajos académicos, a los que recientemente se ha sumado Ingres, de Andrew Carrington Shelton, director del Departamento de Historia del Arte de la Ohio State University. El autor hace un exhaustivo estudio cronológico de las obras creadas por el artista, y estudia las posibles razones por las que éste eligió ciertos motivos en distintos momentos de su carrera, en general movimientos tácticos para conseguir una muy deseada posición destacada en los círculos del arte académico.

    Cada obra de Ingres es puesta en su contexto, y en los casos de encargos se estudian los motivos a la luz de los deseos de los compradores. Basándose en trabajos anteriores (también publicó Ingres y sus críticos, 2005), el autor estudia las reacciones que cada obra importante de Ingres despertó en académicos, críticos de arte, y público en general cuando fueron expuestas en los Salones de París, y cita opiniones de entusiastas y detractores del artista. El libro está muy bien ilustrado, e incluye una cronología, biografías de las principales personas nombradas en el texto, y un glosario de términos artísticos y políticos relacionados a la época. 

Napoleón I en su trono, 1806

RIGOR ACADÉMICO. Ingres nació en Moutauban, en el sur de Francia. Después de estudiar algunos años en la Academia de Pintura de Toulouse, viajó en agosto de 1797 a París para continuar con sus estudios de arte. Se integró como alumno al taller que David tenía en el Palacio del Louvre, y en 1799 se matriculó en la Escuela de Bellas Artes, la que había sido establecida por la Academia de Bellas Artes tres años antes.

    El rígido sistema de enseñanza estaba basado en el estudio del dibujo. Los alumnos comenzaban copiando grabados, luego dibujaban “yesos” (vaciados de fragmentos de esculturas clásicas), para finalmente – después de varios años -, acceder a las clases de dibujo de desnudo, en las que los modelos eran masculinos sin excepción. La Academia organizaba el Salón de París, conocido como “el Salón”, una exposición anual basada en un sistema de jurado de admisión y premios. Una de las instancias principales era el Premio de Roma, una beca estatal que permitía a alumnos de la Escuela de Bellas Artes vivir y estudiar en la Academia Francesa de Roma durante varios años.

    Ya durante el siglo XVIII el sistema académico francés estaba íntimamente ligado al poder estatal, por lo que la política oficial con respecto al arte varió según los grandes cambios políticos e institucionales provocados por revoluciones (1789, 1830 y 1848) que trajeron aparejados una sucesión de diferentes regímenes: monarquía, República, Imperio, restauración monárquica, monarquía constitucional, una nueva República y restauración del Imperio.

    Ingres ganó el Premio de Roma en 1801 con la obra Aquiles recibe a los embajadores de Agamenón (1801). Inspirado en un pasaje de la Ilíada de Homero, un tema adecuado para una pintura de historia, Ingres, dispuesto a ganar el premio, realizó un gran despliegue de figuras masculinas desnudas y detalles de inspiración arqueológica que sabía serían del gusto del jurado. Pero Aquiles y Patroclo, descritos por Homero como soldados imponentes, fueron retratados como dos efebos de delicadas proporciones, muestra de las particularidades que en el futuro serían un rasgo distintivo de la pintura de Ingres.

Gran bañista (Bañista de Valpinçon), 1808

    Debido a la desastrosa situación de las finanzas estatales, las autoridades no permitieron que Ingres viajara como becario a Roma. En cambio le ofrecieron apoyo económico y un taller en el antiguo monasterio de los Capuchinos en París. El viaje a Roma, fundamental para su futuro como pintor académico, lo realizó recién en 1806, y por distintas razones permanecería en la ciudad eterna durante catorce años.

    A pesar de que Ingres había sido premiado, una de las mejores credenciales posibles, sus obras no tuvieron aceptación y fueron a menudo condenadas por los académicos y la crítica. Ese fue el caso de una serie de retratos que expuso en el Salón de 1806, lo que lo llevó a asegurar enfáticamente que no volvería a participar en la muestra anual, aunque luego de algunos años volvió a hacerlo. Ese mismo año había pintado Napoleón I en su trono (1806), donde se ve al emperador mostrando una parafernalia de vestimentas y atributos típicos de su rango, obra que fue condenada por su hieratismo, falta de sofisticación, y acumulación enervante de detalles realistas. Victorin Fabre escribió en la Revue philosophique sobre las intenciones de Ingres: “Si monsieur Ingres sólo buscaba dar que hablar, al margen de lo que se dijera de él, nadie debe sorprenderse del esperpéntico estilo que ha adoptado ni de admitir, sin temor a incurrir en contradicciones, que su éxito a sobrepasado con creces sus propias expectativas.” 

EJERCICIOS ROMANOS. En 1806 Ingres pudo finalmente viajar a Roma para estudiar en la Academia Francesa, la que tres años antes se había trasladado al magnífico palacio renacentista conocido como villa Médicis. Uno de los deberes de los becarios era realizar anualmente los envois (envíos), obras realizadas según diversas reglas (por ejemplo obligatoriedad de al menos una figura humana desnuda) que eran enviadas a París para ser juzgadas por los académicos. Entre las obras que Ingres envío a París en 1808 se destacaron Edipo y la esfinge, un relato mitológico que cumplía los requisitos, y Gran bañista (o Bañista de Valpinçon, en honor a uno de sus propietarios), un desnudo femenino que era inusual en este contexto, comienzo de un proceso de cambio de gusto a favor del desnudo femenino en detrimento del masculino.

    El motivo de Gran bañista, una mujer desnuda de espaldas sentada en una cama, puede haber sido creado a partir de un cálculo económico: las obras que los becarios enviaban a París continuaban siendo de su propiedad, por lo que luego podían venderlas, y los estudiantes sabían que en el mercado de arte los desnudos femeninos eran preferidos por los ricos coleccionistas privados. Un estudio atento de la figura muestra que el aparente realismo de la obra está manipulado: la estructura anatómica de la espalda y las caderas no es correcta, las piernas no muestran volumen, y el brazo derecho, que forma un arco perfecto, no es anatómicamente correcto. Ese tipo de soluciones singulares, caracterizadas por los críticos como “bizarras”, continuarían apareciendo en las obras de Ingres, prueba de su intención de realizar innovaciones dentro del marco del rígido sistema académico.

    Si sus envíos previos habían recibido una tibia aprobación, la obra que Ingres envió a París como culminación de su cuarto año de estudios, Júpiter y Tetis (1811), era una extravagante composición que dejó atónitos a los académicos. El motivo muestra a la ninfa Tetis, madre de Aquiles, suplicando a Júpiter que ayude a su hijo en la guerra de Troya. Las contradicciones formales son notables, le escala varía en el tamaño de ambos cuerpos: el de Júpiter enorme, y el de Tetis pequeño, casi amorfo, con un cuello muy ancho, y brazos que no parecen tener huesos. El largo y detallado informe redactado por los académicos resaltó esas carencias, y estableció la ineptitud de Ingres como colorista.

    Ingres permaneció en Italia luego de la expiración de su beca a fines de 1810. Entre las posibles razones para que tomara tal decisión se ha nombrado el rechazo que despertaba en París, mientras que en Roma era cada vez más aceptado, especialmente por sus retratos. Los franceses que vivían en la ciudad eran buenos clientes, con lo que pudo obtener estabilidad económica. Entre sus clientes más encumbrados se contaron Joaquín y Carolina Murat, cuñado y hermana de Napoleón, quienes en 1808 habían sido designados reyes de Nápoles por el emperador.

    Durante los años siguientes Ingres también pintó una serie de obras de género histórico, con figuras reales y literarias que eran retratadas en momentos claves de sus vidas, un género de rango menor que el de las “pinturas de historia”, pero enormemente popular entre el público. Entre las obras de Ingres de éste tipo pueden nombrarse Rafael y la Fornarina (1814), Francisco I en el lecho de muerte de Leonardo da Vinci (1818) y Paolo y Francesca (1819). 

CON AYUDA DE RAFAEL. En 1820, con cuarenta años, Ingres aún no había logrado el éxito que deseaba, por lo que decidió dar un marcado giro a su carrera. Alentado por el escultor Lorenzo Bartolini, a quién había conocido en París, se trasladó a Florencia, donde podía estudiar con detención las obras maestras de los siglos XV y XVI. Continuó pintando retratos, y en 1823, gracias a la influencia de su mecenas el conde de Pastoret, fue elegido miembro de la Academia de Bellas Artes, lo que sin duda fue un aliciente para concretar sus planes de regresar a París. Necesitaba pintar una obra importante que le permitiera ser aceptado definitivamente.

    La oportunidad se la brindó un encargo para la catedral de su ciudad natal Montauban, una pintura cuyo tema debería ser la promesa realizada por el rey Luis XIII en 1638 de poner el reino bajo la protección de la Vírgen María. Realizó entonces Voto de Luis XIII (1824), una obra de carácter nacionalista en la que el rey arrodillado ofrece su cetro y su corona a la Vírgen, la que fue conscientemente pintada en el estilo de Rafael, del que Ingres tomó prestados detalles de distintas obras, una forma de asegurarse éxito en los círculos académicos. Y efectivamente, cuando la obra fue expuesta en el Salón del mismo año, Ingres recibió por primera vez aprobación oficial, aunque algunos críticos opinaron que la obra era una imitación mecánica y sin sentido. Previendo que podía ser acusado de falta de imaginación y de incapacidad para encontrar una solución personal, Ingres declaró: “Creo que conozco la manera de ser original imitando.” Un año más tarde fue elegido miembro de la Legión de Honor.

Monsieur Bertin, 1832

    Alentado por el éxito alcanzado con Voto de Luis XIII, Ingres decidió permanecer en París y dedicarse a la docencia. La enseñanza en sus talleres, uno de alumnos y otro de alumnas (una novedad para el momento), estuvo basada en la pedagogía académica tradicional. Siguieron años de éxito, ya que recibió encargos oficiales importantes que le permitieron dedicarse a la prestigiosa pintura de historia. Uno de esos encargos fue una enorme tela (4 x 5 metros) para decorar uno de los techos del recién creado Museo Carlos X, donde se mostrarían las colecciones de antigüedades egipcias y grecorromanas del Louvre. El resultado fue Apoteosis de Homero (1827), una obra acartonada en la que el poeta griego, sentado en un trono, es rodeado por artistas e intelectuales de todos los tiempos (41 hombres y una mujer, la poetisa griega Safo). Rafael, llevado de la mano por el pintor clásico Apeles, ocupa un lugar preponderante en el centro de la composición. Como resultado del favor oficial, Ingres fue nombrado profesor de la Escuela de Bellas Artes en 1829.

    Poco después pintó una de sus obras más conocidas, Monsieur Bertin (1832), retrato del periodista Louis-François Bertin. La obra causó sensación en el Salón de 1833, el primer gran éxito popular del artista. Pero las críticas positivas no fueron unánimes. Un joven pintor llamado Édouard Manet opinó que el retratado Bertin parecía ser el “Buda de la burguesía: acomodado, saciado y triunfante”. Un año más tarde la suerte de Ingres cambió nuevamente, cuando los críticos reaccionaron negativamente ante su envío al Salón del Martirio de San Sinforiano (1834). El motivo de la obra, un encargo para la catedral de Autun, muestra al mártir cristiano del siglo II siendo llevado al cadalso. Los detractores consideraron que la obra era una superposición de figuras gesticulantes aisladas, embarcadas en una teatralidad ridícula. Contrariado, Ingres declaró nuevamente que no volvería a participar en el Salón. Incómodo en el ambiente hostil de París, presentó su candidatura para dirigir la Academia Francesa en Roma, y, luego de ser nombrado, partió nuevamente hacia Italia en enero de 1835. 

La fuente, 1856

APOTEOSIS DE INGRES. Uno de los rasgos principales de la pintura de Ingres, que crearía escuela entre varias generaciones de artistas, es la preponderancia del dibujo sobre el color, una de las características del neoclasicismo. Algunas voces críticas consideraban que varias de las obras del artista mostraban una entonación gris, como un velo que deslucía el color. Y que toda la atención estaba puesta en la precisión del dibujo, como en el caso de Apoteosis de Homero, que luego era “rellenado” con colores que no agregaban valor a la obra.

    En 1841 Ingres regresó a París, donde fue recibido triunfalmente. Unos años más tarde pintó dos de sus obras más admiradas, e imitadas, durante las siguientes décadas: Venus Anadiómena (1848) y La fuente (1856), basadas en el mismo desnudo femenino de pie, pero con distintos atributos: angelitos y una jarra respectivamente. En cuanto a encargos oficiales, Ingres realizó para el techo del Salón del Emperador del Hôtel de Ville (el Ayuntamiento de París), Apoteosis de Napoleón I (1853), una pomposa composición alegórica en la que Napoleón, semidesnudo como un guerrero clásico, y coronado por la Fama, viaja en una cuadriga conducido por la Victoria.

    Una muestra de la encumbrada posición que Ingres había alcanzado es la organización de una exposición de cerca de setenta de sus obras, mostradas como el máximo exponente de la pintura francesa, en el marco de la Exposición Universal realizada en París en 1855. La culminación de la serie de honores que el artista recibió hacia el fin de su carrera fue su designación, realizada directamente por Napoleón III en 1862, como miembro del Senado, el primer artista en ocupar un cargo honorífico de esa dignidad.

    Curiosamente, Ingres, considerado entonces un abanderado de la tradición neoclásica, pintó ese mismo año El baño turco (1862), obra de características inusuales. El motivo es una fantasía oriental relacionada al mundo femenino del harén, un típico motivo romántico, compuesto como un collage de figuras pintadas anteriormente por el artista. Especialmente notable es la figura principal, una nueva versión de La bañista de Valpinçon. El tratamiento del color no es homogéneo, ya que el velo gris típico de Ingres cubre todas las figuras menos la principal. Y el formato circular también es inusual, ya que corta algunas de las figuras a la mitad.

    Ingres se había adelantado a su tiempo. Décadas más tarde su arte despertaría el interés de jóvenes vanguardistas como Henri Matisse y Pablo Picasso, cuya aguda mirada descubrió cualidades en El baño turco (lo vio en una retrospectiva de Ingres mostrada en el Salón de Otoño de 1905) que, sumados a elementos de otras proveniencias, lo inspiraron durante el proceso de creación de Las señoritas de Avignon. El comienzo de una aventura que, paradójicamente, acabaría para siempre con el predominio de los entusiastas del neoclasicismo tardío.

INGRES, de Andrew Carrington Shelton. Phaidon Press Limited. Londres, 2008. Distribuye Océano. 240 págs.

El País Cultural. No. 1031, 28 de agosto de 2009, Montevideo, Uruguay.

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