Con el performer Javier Abreu. Cuando habla el empleado del mes

Pedro da Cruz

Javier Abreu es artista visual. Estudió en la Escuela de Bellas Artes, y es miembro de la Fundación de Arte Contemporáneo (FAC). Recién ha publicado El empleado del mes, un libro sobre el personaje que creó en 2002, inspirado en la figura del “Empleado del mes” de la cadena de comida rápida “McDonald’s”. En forma paralela a la creación de otros personajes, se dedica a la fotografía, a viajar, y a observar la realidad montevideana.

 

    – ¿Cómo te formaste?

    – En Bellas Artes y en la Fundación de Arte Contemporáneo (FAC). Empecé en la Fundación en 2001. Yo ya venía trabajando de manera independiente, y cuando me enteré de que Fernando López Lage estaba en la FAC (vi que había una afinidad en los temas, en los formatos, más desestructurados para lo que era el ambiente normal del Uruguay) pensé que me tenía que acercar ahí, porque había gente que era compatible conmigo. Ahora soy miembro activo, como artista. Con El empleado del mes empecé en 2002. 

El Empleado del Mes como pieza de museo, 2005

NACE EL EMPLEADO.

    – ¿Qué significa El empleado del mes?

    – Cuando empecé en 2002 era un proyecto concreto, para el que hice las postales de Montevideo con temas de la crisis del 2002. Imágenes de Montevideo en crisis, con la gente en la calle, los muros, empresas que cerraban, la gente que se iba. Eran postales que mostraban la realidad, en vez de las playas. Hice un proyecto para el Premio Paul Cézanne, que organiza la Embajada de Francia, con el que gané un premio y pude viajar a Francia. El proyecto fue pensado para un momento específico, no pensé que seis años después iba a seguir con El empleado. El premio tuvo mucha repercusión a nivel local, ganaba un premio algo que era nuevo. La obra de las postales se mostró en el Subte Municipal, la vio mucha gente, y a partir de entonces fui conocido. Después me invitaron como El empleado a un encuentro de performances. El personaje empezó a ser como una construcción de los otros también. Y hasta el día de hoy me llaman para participar en exposiciones con El empleado, a pesar de que hago otras cosas, por ejemplo fotos eróticas, pero El empleado es un personaje que tuvo gran éxito, lo que me hizo más conocido a nivel local e internacional.

    – “El empleado” es como una performance que a la vez contiene otras, está compuesta por partes. ¿Tú vas sumando?

    – Es todo una sumatoria. Por eso el libro está dividido en capítulos, cada capítulo es una obra. Son 25 obras, por lo tanto son 25 capítulos. El último capítulo se titula “Final?”, pero es en realidad el propio libro que ahora tenés en la mano. Quiere decir que continúa. Pero yo necesitaba hacer el libro porque era como cerrar ciclos. El empleado genera productos: latas de atún, fotografías, videos, performances. Ahora el libro es un nuevo producto. Pero siempre son cosas que desafían a la anterior. 

Cara de patria, 2007

EL EMPLEADO TRABAJA.

    – Cuándo tú has estado de cuerpo presente, por ejemplo en El empleado del mes como pieza de museo en el Museo Nacional de Artes Visuales, ¿como reaccionó el público?

    – Al que no le gusta, directamente mira un segundo y se va. Es lo que hacemos todos cuando no nos gusta algo: hablamos en secreto con el que fuimos a ver la exposición, pero no le decimos al artista “que horrible”. Esa obra la realicé para la primera “Noche de los museos” que se hizo en Montevideo en 2005. Fue muchísima gente porque tocaba la orquesta del Sodre. Yo estaba ubicado en la entrada, en la sala de grabados en ese entonces. Mucha gente entraba y quería ver que había ahí. Algunos me ponían una moneda en la lata, y entonces yo bajaba y les preguntaba en secreto cuanta plata me habían puesto. Cuando me decían la suma, yo les preguntaba el nombre. Después les decía que yo era El empleado del mes, y que si pensaban que por esa suma iba a mover el culo. Y les devolvía la moneda. Pero les decía todo en secreto. Lo que generaba desconcierto en el entorno. Las personas que ponían la moneda eran cómplices, no revelaban nada, se reían o decían “que bueno”. Y yo después volvía a quedar durito, así como estoy en la foto. Lo importante era que El empleado se convertía en una obra de arte, porque estaba arriba de un pilar. Como las esculturas que están en el museo.

    – ¿En la performance Mierda, fue realmente tu excremento lo que comiste?

    – Sí. Fue medio fuerte porque era un encuentro que se hacía acá en Montevideo, organizado por la Escuela de Bellas Artes y otros organismos locales. Yo iba a inaugurar un ciclo internacional que duraba tres días. Al ser la primera acción un tipo comiendo mierda, las que siguieron quedaron como demasiado poéticas. Todo el mundo lo condenó: yo era desconocido, un alumno de Bellas Artes que inauguraba el sitio, quedó un olor espantoso… Casi me echaron de la Escuela, le tuve que dar explicaciones al director, y nada, ya está. Si lo hago hoy seguramente va a causar otra sensación, porque ya soy un artista con cierto reconocimiento. 

Official food Uruguay, 2006

COMIDA OFICIAL.

    – En el libro te referís a Piero Manzoni y Andy Warhol. ¿Tenés una relación consciente con fenómenos del arte contemporáneo?

    – Trabajo desde acá, en Montevideo, un lugar que obviamente no pertenece al centro. Tengo toda la historia del siglo XX. Hay mucha obra que acá parece nueva, pero que en realidad ya se hizo en otros lados. Tengo ciertos prejuicios de que en los 60 se hizo todo. Lo que hago es tomar de esos artistas las cosas que me gustan, pero lo que le agrego, y ahí me parece que está la vuelta de todo, es un significado en mi contexto. La mierda tiene que ver con un personaje, dentro de una hamburguesa, lo que yo quería vender en ese momento, y con la sonrisa. Ahí empieza a tomar otro carácter, más allá de la mierda enlatada de Piero Manzoni, que ya conocía en ese momento. O las latas de Warhol. A mi me encanta que comparen mi obra con la de él, porque de hecho la lata es roja. En ningún momento lo estoy negando, al contrario. Cuando estoy trabajando en mis cosas me apoyo en lo que hay, algo que me sirve porque culturalmente ya todos manejamos esa información. Cuando ves una lata de atún que se parece a Warhol es más fácil leerlo, de que te acerques.

    – Las latas de atún pertenecen a la performance Comida oficial.

    – Sí. La primera vez que presenté las latas fue en la Galería del Paseo de Punta del Este, en enero de 2006. Entonces hice 31 latas para el mes de enero. En ese momento no me alcanzaba el presupuesto, pero mi proyecto original era hacer 365 latas. Lo bueno es que la realidad me trascendió, porque después me invitaron a Alemania, y ahí sí pude hacer 365 latas, con otro presupuesto, obviamente. O sea que el montaje original se hizo en Alemania. Terminó siendo Official food Uruguay: lo que yo quería. Nació como un delirio en la cocina de mi casa, hacer la comida oficial, y yo sería un embajador. Ese año fui a Alemania, Argentina, Chile y México. Eso es lo bueno con las obras, van como conviviendo en otros espacios y se resignifican ellas mismas.

    – Cuando realizás performances en otros lados,¿sentís que representás a Uruguay, a Javier Abreu o a “El empleado”?

    – No, la performance de “El empleado” es deEl empleado”. Porque es un personaje bizarro, víctima-victimario, del sistema, es como un sujeto bien posmoderno, bien siglo XXI. Consume y al mismo tiempo vende, en realidad es el dueño de la empresa. Es bien real, no me parece tan inocente. Ahora está vendiendo el libro, y siempre es El empleado. Mi figura es muy local, porque habla todo el tiempo de cosas de acá, porque es mi entorno. Me gusta hablar de cosas de las que puedo hablar con propiedad. Hablo de Montevideo, de personajes de la política uruguaya. Ellos me dan el material. Los medios de comunicación, los informativos, el diario, son cosas que tengo en mi entorno. No es que vaya con la bandera uruguaya, sino que en mi trabajo se ve Uruguay todo el tiempo. 

¿Otro salame político?, 2008

ESPERANDO A DANTO.

    – El empleado del mes observa la realidad y la comenta. ¿Pero tiene más opiniones? Porque a veces es difícil saber donde está Javier Abreu, y si hay algún “mensaje”.

    – Yo no hablo a través de El empleado. Éste ya tiene una psicología propia, es como otra persona. Mi mundo afectivo es muy diferente, mi realidad es diferente. Obviamente me identifico muchísimo con mi obra, porque todo aquelloo de lo que habla El empleado a mí me cuestiona cosas, porque son cosas que me han provocado. Cuando habla de la realidad uruguaya por ejemplo. No creo que sea la palabra de Javier Abreu a través de El empleado, porque sería muy cobarde esconderse detrás de un personaje. En un vernissage es otro personaje, es Javier Abreu como el artista freak, amanerado, que ya saben que es El empleado, y que es capaz de comer mierda. Ya hice lo peor. ¿Que más puedo hacer?

    – En general El empleado está sonriendo, aún en las situaciones más extraordinarias ¿Qué significa la sonrisa?

    – Es como el gancho para vender cualquier cosa. Voy a la librería, siempre con mi libro, y saludo. A veces son tipos remarrones, reaburridos, les digo donde se publicó, y les muestro mi carpeta de prensa. Y les sonrío. Es la trampa para enganchar al otro. Está mostrando la ironía de lo que quiero mostrar. El empleado come mierda y sonríe. Hace el gesto de Hitler, que es lo peor, un icono de maldad total (y lo hice en el Instituto Goethe, imaginate), y se sigue sonriendo. Creo que es la sonrisa lo que sigue mostrando la contradicción.

    – ¿Porqué cambiaste tu sonrisa con la de Tabaré Vázquez?

    – Esa frase “Festejen, uruguayos, festejen” no la inventé yo. Es un código que ya todos conocemos.

    – ¿Que hace El empleado próximamente? Me contaron que se va a La Habana.

    – Sí, a la Bienal de la Habana. En marzo próximo voy a presentar el libro El empleado en el forum de críticos, y también voy a hacer instalaciones.

    – ¿Con que otros proyectos estás trabajando actualmente?

    – Muestro obras que hice con el nombre de Javier Abreu. En 2003 expuse mi nombre en la Galería de la Ciudadela, todo tapado con mi nombre. Lo que también mostré en la exposición “Javier Abreu – Nueva retrospectiva” en el Subte Municipal en 2005. Mi propia retrospectiva, como Javier Abreu. Sólo aparece mi nombre, no hay materialidad. También hago libros que hablan de Javier Abreu, por ejemplo Mi hijo el artista, supuestamente escrito por mi padre, y donde aparezco en una foto como la oveja negra de la familia. Javier Abreu como el artista no querido, el artista bohemio, ese tipo de cosas. También tengo el personaje Caín, sobre la relación de un artista emergente con los curadores. Caín es homosexual y se acuesta con curadores para obtener salas, muestras, para todo. En la Colección Engelman Ost, en una muestra titulada “Erótica”, mostré una serie de fotos que se llama La chupadita, en la que se ve un baño, mi espalda y un curador. Por 500 pesos Caín puede hacer una mudanza, o lo que sea, la cuestión es que el curador le de sala, notas, u otra cosa. Es como llevarlo a un plano sexual, pero no de reivindicación de género, sino que vamos a hacer cualquier cosa para tener una sala. Caín es una crítica al sistema montevideano del arte, para ser preciso Centro-Ciudad Vieja. Entonces digo que a la vuelta de cada centro cultural, que yo llamo antro cultural, hay un cine porno al que los críticos y curadores van después de los vernissages. Ahí se encuentran con los artistas y tejen estrategias. Como Javier Abreu realizé Waiting for Arthur Danto con ocasión del ERA (Encuentro Regional de Arte), que supuestamente era un evento internacional. Como burlándome, me pregunté si vendría alguien salado, potente, como Arthur Danto [crítico estadounidense]. Me fui a la Terminal de ómnibus de Tres Cruces con un cartel con su nombre, y esperé todo el día. Me pasé 24 horas esperando. Pensé que a lo mejor llegaba en las compañías Chadre, o Copsa, pero Danto nunca llegó.

El arte de la performance 

Los primeros eventos en los que artistas realizaron actividades de carácter irrepetible ante distintos tipos de público fueron llamados happenings, palabra que refiere a algo que sucede, un acontecimiento. Uno de los precursores en este terreno fue el estadounidense Allan Kaprow, quién en 1959 presentó en la Reuben Gallery de Nueva York 18 happenings en 6 partes, con proyección de imágenes, lectura de poesía, y otras actividades simultáneas. El happening cuestionó los principios del arte establecido, y abrió camino al arte posmoderno.

    Con el advenimiento del body art, en el que el cuerpo del artista toma un lugar preponderante, las actividades ante un público determinado comenzaron a ser denominadas performances. Un performer paradigmático fue el alemán Joseph Beuys, quién realizó Como explicar pinturas a una liebre muerta en la Galerie Schmela de Dusseldorf en 1965. Con la cara cubierta de miel y delgadas láminas de oro, Beuys hablaba en voz baja a una liebre muerta que sostenía en sus brazos.

    En el ámbito latinoamericano pueden destacarse las performances filmadas de la cubano-estadounidense Ana Mendieta, entre otras Muerte de un pollo (1972) y Huellas corporales (1974), y las obras con participación activa del público, en las que eran activados todos los sentidos, de los brasileños Lygia Clark y Helio Oiticica.

    El accionar de Javier Abreu esta enmarcado en la tradición de la performance. De forma muy creativa Abreu evita hacer repeticiones mecánicas de obras hechas en otros lugares. Cita y comenta fenómenos del arte contemporáneo, que conoce muy bien, usando su visión muy particular, dando “su versión”, e inspirándose en la realidad que lo rodea. La referencia a la mencionada performance de Beuys es evidente en ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina? (2005), para la que cubrió su cara con gofio, así como en Cara de patria (2007), en la que usó dulce de leche y grageas celestes con el mismo fin. Una vuelta de tuerca, una versión telúrica de otras visiones.

El País Cultural. No. 1006, 20 de febrero de 2009, Montevideo, Uruguay.

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