Félix González-Torres en el MALBA. Caramelos surtidos

Pedro da Cruz

(desde Buenos Aires)

Sesenta años después de que el filósofo alemán Walter Benjamin publicase el ensayo ”La obra de arte en la era de su reproducción técnica” (1936), murió en Miami el artista cubano-estadounidense Félix González-Torres (1957-1996), a raíz de complicaciones provocadas por el SIDA.

    Benjamin y González-Torres no fueron contemporáneos; el filósofo, de origen judío, se suicidó en los Pirineos franceses en 1940, ante la ocupación de Francia por los alemanes). De todos modos, la obra de González-Torres encarna los pensamientos más pesimistas de Benjamín sobre el futuro de la autenticidad de la obra de arte, el riesgo de la pérdida del “aura” original de cada obra, ante la proliferación de copias realizadas por medio fotomecánicos. En pleno auge del modernismo, Benjamín pudo predecir el cambio de paradigma que tuvo lugar tres décadas después de su desaparición física; previó el pasaje de un tiempo dominado por el carácter “único” de la obra modernista a otro tiempo de proliferación de obras contemporáneas o posmodernas que cuestionan el concepto de originalidad.

    La obra de González-Torres fue recientemente exhibida en el Museo de arte latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y en varios lugares públicos de la ciudad.

    En el catálogo de la exposición titulada “Algún lugar / Ningún lugar”, el escritor Alan Pauls describe certeramente a González-Torres a través de parejas de conceptos que en cierta forma son contradictorios. Lo hace en el catálogo de la exposición: “Cubano en Nueva York, marxista y gay, latinoamericano y conceptual-minimalista, González-Torres tenía una capacidad singular: esa aguzada ‘potencia visual’ que Brecht reconocía en los exilados, que, forzados a la extraterritorialidad, siempre ‘tienen buen ojo para las contradicciones’.” 

    En la muestra en cuestión puede verse un rectángulo de caramelos plateados con una superficie de más de 25 metros cuadrados; una ristra de lámparas que cuelgan del techo; cientos de chupetines, rojos, azules y blancos, amontonados en un rincón de la sala. En el piso hay además cuatro montones de hojas de papel, o stacks, de gran formato, y en una de las paredes se colgaron cartas y fotos que son rompecabezas. En el lado opuesto, delgadas cortinas celestes cubren varias aberturas en la pared. Al fondo se ve una foto gigantesca de un pájaro en vuelo, con un amenazante cielo nublado de fondo. Los espectadores comen caramelos, chupan chupetines, y arrollan hojas tomadas de los montones, cuya altura va disminuyendo con el paso de las horas.

Sala del MALBA. Caramelos con papel dorado

EN BUSCA DEL ORIGINAL. Nada más lejos del ideal aurático de Benjamín. No hay un original, todo es sustituible; caramelos, chupetines y hojas van siendo agregados sucesivamente a los montones y pilas. La reposición es constante, ya que el artista estableció de antemano un peso y una altura ideal para cada obra. Aunque esa versión ideal es muy fugaz, ya que a poco de ser reestablecida desaparece con la entrada en acción de los visitantes. La renovación es necesaria, de otra forma las obras corren riesgo de desaparecer. En lo que se muestra no hay rastro de la mano del artista, ninguna huella de un gesto, todo ha sido envuelto e impreso mecánicamente. Las obras desafían todo el sistema del mercado del arte, conforman un cuestionamiento de conceptos como propiedad privada, autoría y coleccionismo.

    No es posible encontrar el “significado” – o los significados, ya que tampoco son excluyentes o definitivos – en la obra en sí, porque ella está cargada de referencias externas. No hay un “mensaje” específico, no hay textos en las envolturas de los caramelos. Sólo sugerencias, como a través del título de una obra que es una montaña de chupetines: Sin título (Para un hombre en uniforme – 1991.

    Las fotos reproducidas sobre las hojas apiladas son neutras, imágenes de agua, arena o nubes. En algunos casos son sólo colores, como Sin título (NRA – 1991), un campo rojo enmarcado por un borde negro. El subtítulo de dicha obra son las siglas de la conservadora National Rifle Association, una de las ocasiones en las que González-Torres se refirió a un fenómeno social o político, aunque sin dar una opinión explícita. En otros casos las hojas muestran un texto impreso, como es el caso de Sin título (Algún lugar / Ningún lugar – 1990), un stack doble, en los que se leen las frases “Somewhere better than this place” (Algún lugar mejor que este lugar) y “Nowhere better than this place” (Ningún lugar mejor que este lugar), frases ambivalentes de las que deriva el nombre de la exposición.

EXPONIENDO SENTIMIENTOS. El artista no presenta una obra plástica en el sentido modernista, basada en tradiciones y códigos establecidos, sino que exige del espectador una participación activa, por medio de la que las obras son referidas a experiencias individuales y a fenómenos externos no directamente relacionados con los objetos concretos.

    Sonia Becce, curadora de la exposición, define una particular idea de amor que percibe como el trasfondo de la obra de González-Torres: “Se trata del amor entendido como una constelación de emociones y experiencias vinculadas con un afecto profundo, con el deseo, con el cuidado y el sentimiento de intensa atracción por otro, con el dolor por la ausencia o la pérdida del ser amado. (…) A la vez, muchas de las piezas extienden ese gesto al espectador, generando una relación uno a uno, de intimidad, entre éste y la obra.”

    La relación de intimidad es tal que los espectadores literalmente se comen la obra, hecho al que González-Torres daba un significado especial: “Te doy esa cosa azucarada, te la metes en la boca, y chupas el cuerpo de otro. De esa forma mi obra se vuelve parte de muchos otros cuerpos. Es muy excitante.” El caramelo como metáfora de un pan compartido, un sustituto de la hostia, una forma de comunión.

    González-Torres expone sus sentimientos más íntimos. La obra Sin título (Amantes perfectos – 1990), se compone con dos relojes idénticos que marcan exactamente la misma hora – deseo de una relación amorosa ideal -, pero que inexorablemente, en algún momento, van a marcar horas distintas.

Fotografía en entorno urbano

Profundas experiencias personales son articuladas por el artista con el devenir social y político. Comenzó a crear los montones de caramelos y las pilas de hojas poco antes de que Ross Laycock, su pareja durante muchos años, muriese en 1991, a raíz de complicaciones orgánicas producidas en cadena luego de que también se le diagnosticó SIDA. A la obra Sin título (Jóvenes amantes – 1991), un montón de caramelos azules y blancos, le adjudicó un peso ideal de 160 kilos (el peso de González-Torres combinado con el de Laycock), aunque una parte estaba condenada a desaparecer. El artista no ocultaba sus miedos, amores y deseos, sino que los trasfería a objetos.

OASIS DE REFLEXIÓN. Un tipo de obra de carácter algo diferente está representada por fotografías de gran formato en blanco y negro, montadas en carteles publicitarios o como empapelado en alguna pared de las salas de exposición. El artista puso como condición a los organizadores de futuras exposiciones de sus obras que las fotografías mostradas en una institución también fuesen instaladas en seis sitios de la ciudad anfitriona de la muestra. Por eso, las fotografías de una cama, Sin título (Cama – 1991), y un pájaro, Sin título (Pájaro extraño – 1991), fueron vistas durante dos meses en doce lugares de Buenos Aires, entre otros en esquinas tan típicamente porteñas como Corrientes y Paraná o Córdoba y Esmeralda.

    En medio de los mensajes de todo tipo a los que están constantemente expuestos los habitantes de una gran ciudad, los transeúntes podían verse frente a una gran foto – sin textos ni mensajes – de una cama doble destendida y vacía, con las almohadas algo ahuecadas por la reciente presión de dos cabezas. Un lugar para la reflexión, un oasis urbano, con señales ambivalentes de ausencia, signos de apuro mañanero o desaparición definitiva. El oasis también se encuentra dentro del museo. El rectángulo de caramelos plateados, Sin título (Placebo – 1991), sugiere un místico espacio sagrado, un jardín zen, o simplemente un reverberante mar iluminado por el sol del atardecer.

El País Cultural. No. 996, 12 de diciembre de 2008, Montevideo, Uruguay.

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