Joan Miró en el Museo Thyssen-Bornemisza. Las raíces del juego

Pedro da Cruz

(desde Madrid)

La fecunda obra de Joan Miró (1893-1983) está profundamente enraizada en los campos de Montroig (Monte Rojo en catalán), una localidad cercana a Tarragona, al sur de Barcelona. Aunque nació en la capital catalana, Miró mantuvo una relación muy estrecha con el paraje donde su familia tenía la masía, o casa de campo, ya que aún estando radicado en París volvía durante los veranos al entorno de la Cataluña rural. 

    Las obras más conocidas de Miró son posiblemente las que realizó durante los años 40, con motivos en los que incluyó cuerpos celestes: la luna, el sol, estrellas y constelaciones. Ese grupo de motivos es la faceta de su arte que ha sido más destacada, lo que cimentó la idea de que fue un artista íntimamente relacionado con el surrealismo. En cambio, no se le ha prestado el mismo grado de atención a las obras donde los motivos están relacionados a la temática de la tierra. El interés por los cielos y el espacio no implica que Miró no tuviera ambos pies bien plantados sobre la tierra, lo que fue evidente en su actitud frente al arte y la vida. Definió de la siguiente manera la forma en que encaraba su relación con los materiales durante el proceso de creación: “yo trabajo como un jardinero”.

    Los temas relacionados a la tierra no implican solamente las tempranas composiciones en las que retrató el entorno campestre de Montroig, sino también otros motivos referidos a la mujer, la fecundidad y la sexualidad, elementos identificados con la tierra en la mayoría de las civilizaciones agrarias desde tiempos inmemoriales.

    El conjunto de la obra creada por Miró durante seis décadas, de los años 20 a los 70, fue revisada y analizada desde una nueva perspectiva, centrada en la tierra como idea, en la exposición “Miró: Tierra”, exhibida en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Las obras (cerca de 70 pinturas en su mayoría, pero también dibujos, collages, objetos y cerámicas) fueron expuestas siguiendo cronológicamente distintas etapas de la carrera de Miró, en siete grupos denominados Montroig, Transparencias animadas, Paisajes del origen, Polimorfismos, Figuras plutónicas, El retorno y Ciclos. 

Huerto con asno, 1918

DE LA TIERRA AL ESPACIO. En los paisajes que pintó en 1918 y 1919 el artista realizó una interpretación figurativa, en un estilo influido tanto por el cubismo como por el naivismo, de paisajes e imágenes de la vida rural de su tierra, es decir Montroig, y por extensión, Cataluña. Las masías de piedra y la iglesia de la aldea, los animales, los huertos y los olivares, son los motivos predominantes en obras como Huerto con asno (1918), La casa de la palmera (1918) y Pueblo e iglesia de Montroig (1919), serie que culminaría con La masía (1922). Esta última obra, pintada después de que Miró en 1920 viajara por primera vez a París, de donde regresaría regularmente a Montroig, muestra una tendencia a la geometrización, posible resultado de las influencias que recibió a partir de su creciente contacto con artistas de la vanguardia modernista. 

    El tema de la tierra volvió a aparecer en Tierra labrada (1924) y Paisaje catalán (El cazador) (1924). Dichas obras, de carácter planista y con una imaginería que no está relacionada a lo figurativo, muestran un cambio importante en la orientación de la pintura de Miró. Cambio que es un reflejo del ambiente fermental de la vanguardia, en la que descollaban los intelectuales dadaístas, cuya experiencia sería continuada por los seguidores de un nuevo movimiento que iba a revolucionar el mundo del arte: el surrealismo. Ese mismo año, en 1924, André Breton, líder de un grupo de escritores entre los que se contaban Paul Éluard y Louis Aragon, publicó el Manifiesto surrealista y fundó la revista La revolución surrealista. Al surgir como un movimiento de carácter fundamentalmente literario, el surrealismo no contó en un comienzo con artistas plásticos que pertenecieran al grupo, y cuyas obras pudieran ser definidas como surrealistas. Debido al interés y la práctica del automatismo (uno de los pilares del surrealismo, un método de trabajo que permitía expresar lo subconsciente sin control de la razón), ese lugar fue ocupado por las obras de Miró y André Masson.

    El papel de Miró fue reconocido por el propio Breton, quién afirmó que el pintor catalán era “el más surrealista de todos nosotros”. Una de las obras emblemáticas del surrealismo surgente fue El nacimiento del mundo (1925), en la que la línea del horizonte, que aparecía en las obras del año anterior, ha desaparecido. Dos círculos, uno blanco y otro rojo, un triángulo negro, y varias líneas agrupadas de distintas formas, parecen flotar en un espacio indefinido, con manchas que sugieren un cielo nublado. Ese carácter indefinido es la característica principal de las obras que Miró continuó creando sobre el tema de la tierra, como Campesino catalán con guitarra (1924), la serie con el título común de Cabeza de campesino catalán (1925), y Comida de campesinos (1925). En la primera de ellas la figura del campesino está representada por dos líneas: una curva horizontal cruzada por una recta vertical, un tipo de figura esquemática que a pesar de su simplicidad ha sido caracterizada como un arquetipo. La figura es completada con elementos referidos a lo figurativo, entre los que se destaca el ubicado en el extremo superior de la vertical: la barret, (la boina roja característica de los campesinos catalanes). Las cabezas de campesino, siempre identificadas con las barrets, flotan en espacios ocres o azules, un recurso que muestra la inventiva del artista para representar motivos relacionados a la tierra sin apelar a un realismo costumbrista.

Paisaje (La liebre), 1927

PERSONAJES INQUIETANTES. Durante los años siguientes Miró pintó varias obras en las que aparecen una serie de personajes actuando en espacios que pueden ser identificados, gracias a una línea horizontal que separa dos grandes zonas pintadas con colores planos, como paisajes. La tierra una vez más. Las figuras que pueblan los paisajes tienen formas inesperadas, con rasgos de persona o animal, y sus actos son evidenciados por líneas punteadas que sugieren trayectorias, ya sea la de una piedra que ha sido lanzada o la del vuelo de un pájaro. Así una forma blanca alargada, que termina en un círculo y lo que parece ser una cabellera marrón, es la figura central de Mujer desnuda (1926), mientras que personajes zoomorfos actúan en obras como Perro ladrando a la luna (1926), Personaje que tira una piedra a un pájaro (1926), Paisaje con gallo (1927) y Paisaje con conejo y flor (1927).

    Un viaje a Holanda en 1928 fue el punto de partida de una serie de tres obras con el título común Interior holandés, una reinterpretación de interiores y otros motivos de obras de maestros flamencos y holandeses que inspiraron a Miró. Un año más tarde el artista entró en un estado de crisis, se cuestionó a sí mismo, revisó su relación con la pintura, un cambio de orientación que luego denominaría “asesinato de la pintura”. Eso resultó en la exploración de nuevas técnicas, el collage en primer lugar, y en nuevas formas de expresión. La materia iba a tomar preponderancia sobre la forma. Usó distintos tipos de papel, superficies con gruesas texturas, sobre las que luego dibujaba, y hacia 1930 comenzó a recoger todo tipo de materiales, variantes del objet trouvé (objeto encontrado) típico de los surrealistas. Esos elementos, tanto industriales como naturales, los combinó de formas inverosímiles para crear objetos, caracterizados como “objetos-poéticos”, primeros ejemplos de obras tridimensionales que en las décadas siguientes haría en piedra, cerámica y bronce. 

Mujer, 1946

PINTURAS SALVAJES. Cuando retomó la pintura, luego de haber dejado París para radicarse en Barcelona en 1932, Miró experimentó con una serie de recursos basados en su experiencia anterior con diferentes materiales. Tomó una actitud no ortodoxa en relación a la práctica de la pintura. En vez de pintar sobre tela usó diferentes soportes como cartón, metal o maderas compensadas, mezcló colores de fabricación industrial con los tradicionales colores al óleo, a los que a su vez agregó arena o alquitrán, lo que daría a las obras gran variación en las texturas. Según sus propias palabras se propuso “matar” los métodos convencionales de pintura. En este aspecto fue un precursor de algo que luego se llamó informalista, visible por ejemplo en las obras de Jean Dubuffet y Antoni Tàpies, en las que la expresión de los materiales fue muy importante.

    Este periodo de la carrera de Miró es conocido como el de las “pinturas salvajes”. En esas obras aparecen figuras humanas, pero muy deformadas. Cabezas y órganos sexuales enormes, combinados con pequeñas extremidades y otros elementos orgánicos, caracterizan las figuras de obras como Dos mujeres (1935).

    Los motivos relacionados con la tierra, que tienen una presencia continua durante las distintas épocas de la carrera de Miró, son centrales en ciertas obras de mediados de los años 30, por ejemplo en Campesino catalán en reposo (1936) y Naturaleza muerta con zapato viejo (1937). En esta última la composición está basada en tonos muy oscuros, y los motivos predominantes son un zapato y un gran tenedor clavado en un pan.

    El ambiente sombrío de la obra coincide con un período trágico de la historia de España: en 1936 el General Francisco Franco encabezó un levantamiento militar contra el gobierno constitucional de la Segunda República (que había sido proclamada en 1932), comienzo de la guerra civil que entre 1936 y 1939 costaría casi un millón de vidas. Miró abandonó entonces España y se radicó una vez más en París. 

REGRESO A LA TIERRA. En 1940, un año después del fin de la Guerra Civil, Miró regresó a España, manteniéndose a distancia de la ocupación alemana de París. Entonces comenzó a desarrollar la temática de las estrellas y las constelaciones, motivos que son vistos como la esencia del carácter surrealista de su obra. Según Tomàs Llorens, curador de la exposición “Miró: Tierra”, existe un consenso en narrar la historia del arte del siglo XX como una sucesión de “ismos”, lo que en este caso significó no prestar la atención debida a los últimos cuarenta años de la producción artística de Miró. Según Llorens: “la última obra de Miró es la más profunda, la más radical que se hace en todo el siglo XX, más incluso que la de Picasso.”

    A partir de los años 50 Miró comenzó a interesarse por nuevas técnicas, especialmente la cerámica, los textiles y la escultura en bronce, así como por la función pública del arte. A mediados de la década de 1950 se estableció en Palma de Mallorca, en un nuevo taller que había encargado al arquitecto Josep Lluís Sert. Allí comenzó a trabajar con cerámica, una técnica ancestral de transformación de la tierra por medio del fuego, otra faceta de la relación del artista con la tierra. Su primera obra de arte público de envergadura la creó con la ayuda del ceramista Josep Llorens Artigas; se trata de dos murales cerámicos, El muro del sol y El muro de la luna (1958), para la sede de la UNESCO en París.

    Ya antes de la realización de esta obra, que requirió un gran esfuerzo de planificación y realización (cerca de cuarenta horneadas bajo la experiente supervisión técnica de Artigas), Miró había establecido una relación muy libre con el barro. No se dedicó a pintar piezas previamente torneadas, como lo hizo Picasso cuando se dedicó a la cerámica en su taller de Vallauris, sino que modeló la tierra con inusual energía y creatividad. Las superficies de las obras permanecieron rugosas, con huellas que evidencian un intenso proceso de trabajo. El uso de colores cerámicos también fue muy libre: más que esmaltes vidriados usó óxidos y tierras de distinto tipo para colorear partes de las piezas. Es el caso de Personaje doble (1956), en el que sobre una cabeza de forma prismática, con ojos sobresalientes y asas en lugar de orejas, planea otra cabeza, quizás la de un pájaro, con una gran nariz y ojos esféricos pintados de blanco. 

LA MAGIA DE LO COTIDIANO. Miró había comenzado a utilizar elementos provenientes de la naturaleza para componer objetos tridimensionales ya en la época de experimentación en que creó sus llamadas pinturas salvajes. Integró textiles y sogas en obras como Soga y personajes I (1936), materiales que volverían a aparecer en obras de los años 70, especialmente las que conforman una larga serie que denominó Sobreteixim. Uno de los objetos relacionados a ésta es Personaje (1974), compuesto por sogas rojas que cuelgan de un círculo de madera (posiblemente la tapa de un barril), flanqueado por dos largas varillas, una suerte de guerrero no figurativo.

    Los trabajos en bronce, que Miró comenzó a realizar con mayor frecuencia a partir del inicio de la década de 1960, son básicamente de dos tipos: figuras modeladas, en general tituladas Personajes, con reminiscencias de las formas orgánicas creadas por Jean Arp, y figuras compuestas con los más disparatados objetos que juntaba y acumulaba en sus talleres, objetos que luego de ser ensamblados y copiados en una matriz eran fundidos en bronce. Un método similar había sido usado por Picasso durante los años 50 cuando hizo fundir en bronce obras como La cabra (1950), en la que el lomo esta formado por el tallo de una hoja de palmera y las ubres por dos calabazas, y Mona con su cría (1952), cuya cabeza está compuesta por un auto de juguete con orejas agregadas.

    Mientras que Picasso buscó una similitud formal entre las formas de los objetos que utilizó y lo representado, Miró utilizó los objetos de forma mucho más libre, siguiendo los impulsos de lo que le sugerían las formas en el campo de la escultura. Todo le servía, cosas de uso cotidiano ya en desuso, desde canillas a juguetes. Una escultura como Reloj del viento (1967) la compuso, antes de hacerla fundir en bronce, con una caja de cartón, un aro de metal y una cuchara. Un caso particular es el de Figura y pájaro (1968), donde la cabeza del personaje principal fue formada con un capazo (un tipo de canasta típica de Mallorca), un objeto cotidiano que relaciona la obra directamente y de forma inconfundible con el entorno en que fue creada. Otros elementos que forman la figura son partes de una muñeca de juguete: el torso y uno de los brazos forman la nariz del personaje, mientras que el sexo, masculino en este caso, está formado por una de las piernas de la muñeca.

    Mientras que las figuras mencionadas sólo fueron patinadas, otras esculturas fueron pintadas con brillantes colores de tipo industrial. Es el caso de Muchacha escapando (1968), cuyas piernas (parte inferior de un maniquí) son rojas, mientras que el torso prismático (con dos semiesferas blancas que representan los senos) es azul, y el rostro compuesto por la tapa de una lata es amarillo. La figura fue coronada con una llave de paso, también roja, en una suerte de desparpajo lúdico total.

    Elementos relacionados con la mujer y la naturaleza aparecen recurrentemente en obras que Miró creó a lo largo de su carrera, por ejemplo un pequeño objeto titulado Mujer (1946), compuesto por un hueso y una piedra de afilar. Tres décadas más tarde realizó una de sus obras más importantes de arte público, Señora y pájaro (1982), una escultura de 22 metros de altura en hormigón y mosaico cerámico, que fue emplazada en el Parque Joan Miró de Barcelona, un sentido homenaje de la ciudad a uno de sus hijos predilectos.

El País Cultural. No. 994, 28 de noviembre de 2008, Montevideo, Uruguay.

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