Inédito de Joaquín Torres García. Nueva York y el nuevo arte

Pedro da Cruz

Joaquín Torres García arribó con su familia a Nueva York en junio de 1920. Tenía 45 años, y ansiaba comenzar una nueva etapa de su vida. Atrás quedaban malentendidos e incomprensiones en la Cataluña en que había vivido durante treinta años, y donde se había formado como artista. Era la primera vez, desde su llegada como adolescente a España, que se proponía vivir en otro país. Las dudas eran muchas. Como escribió años más tarde en su autobiografía Historia de mi vida (en tercera persona refiriéndose a sí mismo): “No sabe el inglés, lleva poco dinero, y apenas si tendrá allá un amigo. No lleva plan.” De paso por París, consideró la posibilidad de permanecer en la capital francesa. Pero luego de desavenencias con galeristas y colegas, Picasso entre otros, decidió continuar con su plan original y viajar a Estados Unidos.  

Página 134 de libreta de bocetos, 1921

LA GRAN URBE. Su sensación al llegar a Nueva York fue de deslumbramiento, sintió que se le habría un nuevo mundo. Lo impresionó el dinamismo, la febril vida cotidiana, el enorme esfuerzo dirigido a tener suceso, es decir ganar dinero. En su autobiografía escribió sobre sus actividades: comenzó a pintar y realizó algunas exposiciones, pero su principal ocupación era la producción y venta de los juguetes de madera que había comenzado a fabricar en Barcelona. Debía mantener a su familia. Pero, siguiendo la naturaleza de su carácter, pronto estableció contactos. Conoció, entre otros, a los artistas Joseph Stella y Marcel Duchamp, y a coleccionistas como Katherine Dreier y varios miembros de la familia Whitney, luego fundadores del Whitney Museum.

    La impresión causada por el multifacético entorno urbano fue expresada por Torres García en una serie de bocetos y pinturas con temas de la ciudad. Ya en Barcelona había pintado obras con una serie de elementos urbanos compuestos en un mismo plano y sin perspectiva, un tipo de collage de formas. Como Composición vibracionista (1918), una de las obras en la que se percibe la influencia del arte de Rafael Barradas. En Nueva York continuó con la misma línea de trabajo, y pintó obras como Paisaje de Nueva York (1920), en el que incluyó palabras de afiches y reclames comerciales: shop, business, Times, Camel. Si bien su visión plástica de la ciudad es conocida, y sus obras de esa época reiteradamente reproducidas en libros y catálogos, sus escritos sobre Nueva York han permanecido inéditos hasta el presente.

LA CIUDAD COMO ARTE. Torres García comenzó a escribir sus ideas sobre la ciudad que iba descubriendo, apuntes en los que está basado el libro New York. La mayoría de los capítulos están tomados de un manuscrito fechado en 1921, el que Torres García ilustró y encuadernó según su costumbre. El prólogo, ciertas modificaciones a los capítulos originales, y los cuatro capítulos finales fueron en cambio tomados de un manuscrito fechado nueve años más tarde, en 1930, cuando el artista vivía en París. Por lo que el libro comienza con la expresión más espontánea de su visión sobre la ciudad.

    Adaptándose al ritmo urbano rápido y cambiante, no escribió en prosa fluida, sino que separó las frases con guiones. Comenzó escribiendo: “Impresión plástica – interesantísima para un artista moderno – mil formas en movimiento que llegan al paroxismo – superficies enormes con mil agujeros rectangulares – escaleras bajando en zigzag desde lo alto – planos en movimiento vertiginoso – …” Y sobre el puerto escribió: “visión extraordinaria – realidad cubista – futurista: – geometría – rojo, negro, ocre – humo – agua oleosa, cables, sirenas, banderas, señales – …”

    Con el entusiasmo del neófito se refiere a Nueva York como “mi ciudad – la ciudad más Ciudad.”, registrando la idea de los neoyorquinos de que su ciudad es el centro del mundo. Ve a la ciudad en sí como una gran obra de arte. Y su entusiasmo era tal que pintó sobre su propio overall de trabajo: “New York”, en grandes letras a la altura de las piernas, y a la altura del pecho dibujó la esquina de Broadway y la calle 42, junto a la que escribió “world’s center”.

Paisaje de Nueva York, 1920

NUEVOS IDEALES. Siente que son nuevos tiempos, que el artista debe adaptarse y crear un nuevo arte en armonía con nuevos ideales. Plantea que ha pasado el tiempo de la Belleza y la Poesía (con mayúsculas), y que lo que ocupa su lugar es “aquello idéntico a sí mismo”. Cada cosa existe por sí misma, sin adornos ni otros agregados superfluos, y el artista debe tener la capacidad para descubrir la belleza en lo que existe por necesidad. Reclama un nuevo plano estético. Como ejemplo nombra los edificios modernos de Nueva York, enormes cubos que responden a los principios de la utilidad, en los que el artista puede encontrar una belleza diferente a la de un edificio de Europa. Éste último es ya una obra de arte, y por lo tanto no puede ser materia de arte. Sin abandonar los viejos conceptos, no se podrá comprender en que consiste el nuevo arte.

    Cuando al comienzo del libro el autor plantea decididamente que se debería olvidar Europa para poder comprender el nuevo arte, el lector se puede confundir. Torres García se había formado en Cataluña, su pensamiento se basó en gran parte en la filosofía clásica, se vuelve una y otra vez a la figura de su arte como expresión de una visión platónica. Y que reniegue del arte del Renacimiento no coincide con su admiración por los grandes maestros (Velázquez en primer lugar),  los que siempre fueron una fuente de inspiración para su pintura.

    Hacia el final del libro, en los capítulos que escribió en París en 1930, da una visión que en algunos aspectos difiere de la inicial. Torres García es conciente de la contradicción, y justifica los diferentes puntos de vista con que durante esos años Europa ha sufrido grandes cambios, debidos en gran parte a la influencia de Estados Unidos. Asegura que cosas que para él fueron una novedad en 1920, ya no lo serían para los europeos una década más tarde. Los cambios no pueden haber sido tan radicales. Las causas de la contradicción deben en cambio buscarse en la propia naturaleza del pensamiento y la obra plástica del artista. 

IDEAS ENCONTRADAS. Torres García tuvo opiniones y posturas contradictorias en muchos terrenos durante el correr de los años. No se puede hacer una lectura lineal de su obra. No tuvo un desarrollo, sino marchas y contramarchas. En el terreno plástico puede nombrarse Composición alegórica, un paisaje arcádico con tres mujeres de aspecto clásico junto a una fuente, pintado en 1920, presumiblemente durante los primeros meses del año. Ya en Nueva York, hacia fines del mismo año, pintó el nombrado paisaje urbano de carácter totalmente diferente. Durante los años siguientes volvió a pintar temas clasicistas, en Italia en 1922-24, y tan tarde como en 1926, año en que se radicó en París.

    Juan Fló, en el texto de introducción al manuscrito, afirma que en Uruguay se tuvo una idea errónea de que el pensamiento de Torres García era monolítico. Y señala algunas áreas del mismo en las que siempre parece haber habido contradicciones latentes, difíciles de resolver en la práctica artística.

    Sólo un año después de que escribiera gran parte de su manuscrito, Torres García decidió abandonar Estados Unidos. Algunas de las razones de tan repentino desencanto las nombró en Historia de mi vida: “La primera (y casi la única) que aquel ambiente no era el suyo. La segunda, que hubiera tenido que renunciar a sí mismo, de quedarse allí. … A los tres días de estar en New York comprendió eso y ya desde aquel momento fue una lucha. Hemos dicho que New York atrae y rechaza a la vez, y Torres estuvo de continuo en esa alternativa.” Estas frases son la clave de los dos años durante los que vivió en Nueva York. El entusiasmo de la atracción fue una forma de contrarrestar el rechazo, el que terminó primando. En julio de 1922, dos años después de su arribo, partió hacia Italia, de retorno a la vieja Europa.

NEW YORK, de Joaquín Torres García. Montevideo, Casa Editorial Hum/Museo Torres García, 2007. Distribuye Gussi. 168 págs.

El País Cultural. No. 954, 15 de febrero de 2008, Montevideo, Uruguay.

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