Autobiografía de Marcia Tucker (1940-2006). Descubriendo las vanguardias

Pedro da Cruz 

Cuando tenía trece años, Marcia Tucker recibió de su madre la advertencia de que no debía mostrase tan inteligente o nunca encontraría novio. Y a los dieciocho le dijo que, a menos que aprendiera a cocinar y sus dotes para la plancha mejoraran drásticamente, se convertiría en una solterona. Con un estilo detallado, cáustico, y por momentos muy divertido, la autora comienza 40 años en el arte neoyorquino. Una vida corta y complicada recordando su niñez y juventud, condicionada por su pertenencia a una familia judía de clase media, que había abandonado un pequeño apartamento en Brooklyn para radicarse en una casa propia en una pequeña localidad de Nueva Jersey. Las relaciones familiares estaban marcadas por la enfermedad de la madre, la distancia emocional del padre, y el aislamiento del hermano menor.

    A pesar de los planes del padre para que su hija fuera abogada como él, Marcia quería ser artista, aunque reconoce que no tenía mucha facilidad para ello. Debido a su aspecto físico no era popular de pequeña, la llamaban “tortuga” y “cuatro ojos”, aunque recuerda con mucho orgullo cuando fue nombrada Artista de la Clase durante el último año de la escuela. A los diecisiete años decidió independizarse y eligió París para continuar sus estudios, ciudad que cumplía el requisito de que “un océano entero se interpusiera entre mi destino y Nueva Jersey”.

    La liberación fue enorme, a las pocas semanas se mudó junto a Henri (no menciona el apellido) y, pese a que vivían en una pequeña buhardilla prácticamente vacía, Marcia acudía con entusiasmo a clases de historia del arte, francés y dibujo. La estadía de un año en Francia provocó cambios profundos en su vida. De regreso en Estados Unidos se licenció en la Universidad y en 1961 tuvo su primer contacto con el mundo de los museos, cuando fue contratada como secretaria de William Lieberman, director del departamento de Dibujo y Grabado del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Un año más tarde se casó con Michael Tucker. 

EL MUSEO WHITNEY. Luego de reflexionar largamente, Marcia decidió abandonar la idea de dedicarse a la pintura y dar prioridad a los estudios de historia del arte y la carrera académica. Su siguiente trabajo – realmente necesario ya que su marido estaba desocupado – fue como asistente de un pintor llamado René Bouché, y más tarde como ayudante de los artistas Noma y William Coppley, quienes la introdujeron en un círculo de artistas formado, entre otros, por Christo, Donald Judd y Andy Warhol, y le consiguieron un contrato con la revista Art News para escribir cortas reseñas de exposiciones.

    Poco después, ya separada a los veinticuatro años, decidió dedicarse a catalogar colecciones de arte privadas, lo que combinó con el trabajo de docente en escuelas universitarias de arte. En esa época recibió una invitación de John Baur, director del Whitney Museum of American Art, para que solicitara un puesto vacante de curadora. Luego de una serie de entrevistas, ingresó al museo en enero de 1969, con la misión de trabajar en el terreno, visitar artistas y organizar exposiciones, para lo que su amistad con gran número de jóvenes creadores le sería de suma utilidad.

    Ya cuando organizó su primera exposición, titulada “Anti-ilusión: procedimientos/materiales”, Marcia mostró su actitud independiente e innovadora. El puertorriqueño Rafael Ferrer usó quince bloques de hielo gigantes y construyó una pila de heno de cinco metros de altura, para lo que previamente cubrió una pared de grasa. Entre otras obras compuestas de los materiales más diversos e inesperados, Eva Hesse mostró una muy larga cortina de fibra de vidrio y látex. No todos los miembros del consejo de dirección del museo se mostraron contentos con la nueva curadora, pero Marcia siguió adelante, y simultáneamente comenzó a desarrollar una conciencia feminista, que se afirmaría con el correr de los años. 

THE NEW MUSEUM. A pesar de haber organizado en el Whitney una serie de exposiciones interesantes, entre otras la del entonces desconocido Bruce Nauman, Marcia sentía que algunos de sus compañeros de trabajo no la respetaban: no respondían a sus solicitudes y le ponían trabas. Poco después de la jubilación de Baur, el nuevo director Tom Armstrong le pidió la dimisión. Marcia volvió entonces a plantearse una vieja idea: fundar un nuevo museo. Su intención era redefinir el concepto de museo, y llevar a la práctica todas las cosas arriesgadas que hasta entonces no había podido hacer.

    Comenzó a contactar personas interesadas que la pudieran apoyar económicamente, a las que se dirigía con su energía arrolladora. Allen Goldring, primer patrono del museo, declaró en 1986: “Si Marcia me decía que iba a atravesar una pared, no le preguntaba como: la esperaba del otro lado”. En enero de 1977 Marcia alquiló una oficina en el 105 de Hudson Street, y con dos colaboradores comenzó a organizar exposiciones en espacios externos. Así nació The New Museum, nombre que sería cambiado a New Museum of Contemporary Art en 1998. Poco después fueron desalojados, y las actividades siguieron en locales prestados por la New School for Social Research.

    La primera actividad de carácter precursor fue la exposición “Bad Painting” (Mala Pintura, nombre que luego incluso sería aplicado a una corriente artística), en la que Marcia reunió obras de artistas que no se atenían a las nociones de belleza y buen gusto establecidos en el mundo del arte. Luego le seguiría, entre otras, “Sensibilidades ampliadas: presencia homosexual en el arte contemporáneo” (1982). Un año más tarde fue comprado el edificio Astor, en el 583 de Broadway, donde el museo tuvo sus locales entre 1983 y 2003.

    El incremento del personal y las actividades dificultó la idea originaria de Marcia: que las relaciones entre los miembros del personal fueran igualitarias, y que todos cobraran el mismo sueldo. Como directora cobraba poco, lo que compensaba con conferencias y seminarios que daba por todo el país, lo que a su vez resentía la actividad del museo. A pesar de que fue reorganizado de modo más tradicional, la actividad precursora continuó con la exposición “Arte e ideología” (1984), la publicación de El arte después del modernismo: Replanteamientos sobre la representación (1985), así como la exposición “Bad Girls” (1994).

    En 1983 Marcia se había casado con Dean (de quién tampoco menciona el apellido), un artista diecisiete años menor, con el que tuvo su hija Ruby al año siguiente. Después de dos décadas de intensa y exitosa actividad, Marcia comenzó a pensar en retirarse para dejar paso a curadores más jóvenes, y dedicarse a la vida académica. Poco antes de que Lisa Phillips asumiera en 1998 como nueva directora del, desde entonces, New Museum of Contemporary Art, a Marcia le diagnosticaron cáncer de mama, lo que naturalmente marcó sus últimos años de vida.

    Hacia el año 2000 los responsables del museo, cuya actividad continuaba creciendo en importancia, decidieron construir una nueva sede. Entre numerosos proyectos, fue elegido el presentado por la firma SANAA, dirigida por los arquitectos Kazuo Sejima y Ryue Nishisawa (recientes ganadores del prestigioso Premio Pritzker). El edificio de carácter posmoderno, ubicado en el 235 Bowery, en el sur de Manhattan, fue inaugurado en diciembre de 2007 sin que Marcia llegara a verlo terminado.

40 AÑOS EN EL ARTE NEOYORQUINO. UNA VIDA CORTA Y COMPLICADA, de Marcia Tucker. Turner, 2009, Madrid, 256 págs. Distribuye Océano.

El País Cultural. No. 1076, 16 de julio de 2010, Montevideo, Uruguay.

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