Biografía de Martha Peluffo (1931-1979). Al rescate de una artista

Pedro da Cruz

Espléndida. Bellísima. Apasionada. Sensible. Plena de vibración cósmica. Los testimonios de sus contemporáneos son reflejo de la personalidad avasallante de Martha Peluffo, quién a fines de los años 50, cuando aún no había cumplido los treinta años, ya era una figura descollante en el mundo artístico de Buenos Aires. El pintor Luis Felipe Noé, futuro colega y amigo de Peluffo, escribió sus recuerdos de la artista en 1958: “Martha Peluffo (simplemente Martha en mi memoria) había pasado a mi lado sin saludarme porque nos desconocíamos – mejor dicho, ella me desconocía a mí – pero yo la admiraba no sólo por su belleza sino porque, apenas un poco mayor que yo, ya estaba definiendo con sus obras nuevas aproximaciones metodológicas en el hecho de pintar, lo que, en consecuencia, significaba una nueva forma de proponer imágenes.”

    En una fotografía tomada en la galería Carmen Waugh en 1969, se ve a Peluffo y Noé junto a los también pintores Rómulo Macció y Manuel Viola. El espíritu de la época es inconfundible. Peluffo está sentada en el piso, peinada con un moño alto que da elegancia a su hermoso rostro, lleva un vestido muy corto y un collar de semillas de varias vueltas. Mira la cámara con la boca entreabierta, consciente de sí misma y de su papel. Magnífica. Los colegas varones se mantienen en un segundo plano. Noé, también sentado en el piso, vistiendo un llamativo saco a rayas gruesas, mira la cámara de reojo, con más distancia.

    Una década más tarde, en 1978, Peluffo posa en su taller ante la cámara de su amigo Oscar Balducci. El ambiente revelado por la fotografía es serio, severo, descarnado. Sentada en su silla de trabajo, con guardapolvo, la artista mira la cámara. Seria, su rostro afilado en semipenumbras, se la ve frente a las que serían sus últimas obras. Como una despedida.

    La meteórica carrera de Peluffo, un contrapunto de destellos fulgurantes y puntos oscuros, ha sido documentada por la periodista y crítica de arte Victoria Verlichak. Una investigación de muchos años, basada en entrevistas e intensa correspondencia con familiares, amigos y colegas de la artista, ha servido de base para el libro Martha Peluffo. Esta soy yo. Relatos, fotografías, reproducciones de obras, y testimonios – entre otros el citado de Noé – van conformando un relato cuyo objetivo es rescatar la figura y obra de una artista que, a casi treinta años de su muerte, ha sido relegada en la memoria colectiva.

Cabezas dobles, 1969

VANGUARDIA Y MOVIDA. Ya en 1955 Peluffo fue invitada por el pintor Carmelo Arden Quin y el crítico y ensayista Aldo Pellegrini a integrarse a la Asociación Arte Nuevo. Ese mismo año expuso en el Primer Salón Arte Nuevo, junto a sesenta artistas de tendencia no figurativa. En 1957 participó en la exposición 7 pintores abstractos. Este agrupamiento fue germen del grupo BOA, el que sería dirigido por el poeta surrealista Julio Llinás, con quién Peluffo se casó y tuvo dos hijos: Verónica y Sebastián.

    El matrimonio se instaló en una vieja casona de Belgrano, en Federico Lacroze 2101, que compartían con otros artistas e intelectuales. Jóvenes que sentían, según palabras de Peluffo, “la necesidad de experimentar el mundo”. Para Pellegrini el taller de Belgrano era “el Bateau Lavoir de la pintura argentina.” Allí todos vivían y trabajaban, y eran frecuentados por amigos, colegas, galeristas y críticos. Las fiestas eran interminables. Noé evocaría a sus compañeros de generación como “tan jóvenes, tan entusiastas, tan lindos, tan bohemios.”

    Hacia 1960 Peluffo realizaba una pintura en un estilo que fue caracterizado como manchista o tachista, debido a que era emparentado al informalismo no geométrico. Poco después cambió de orientación, aunque se mantuvo dentro de la no figuración. Comenzó a pintar volúmenes y formas, que en algunos casos combinó con cuerpos geométricos lineales, creando espacios indefinidos, una suerte de paisajes interiores. En este estilo pintó obras como Las pieles de la tierra (1962), Fuego central (1963) o Espejo de exterminio (1965).

    Peluffo fue una de las musas de la vanguardia argentina de los fermentales años 60. Participó en varios movimientos, así como en manifestaciones artísticas de carácter político. Se relacionó con los artistas nucleados en el Instituto Torcuato Di Tella, liderado por el legendario Jorge Romero Brest, y los del grupo Nueva figuración. 

AUTORRETRATOS Y FAMOSOS. En 1968 Peluffo expuso su primera serie de autorretratos. De ahí en más, el autorretrato, su rostro en gran formato, y luego su cuerpo desnudo, sería su motivo principal. La artista explicó su intención: “De alguna manera estoy intentando un reconocimiento de esta Martha Peluffo en dos fases principales: cómo me veo yo y cómo me parece que me ven los demás.” Como parte de la búsqueda de tomar distancia de su propia figura, experimentó con ácido lisérgico (LSD) un desdoblamiento, se vio a sí misma en actitudes y en colores que luego reprodujo en sus obras. Se lo contó a la prensa, y se extrañó de que sus declaraciones no hubieran causado ninguna reacción, especialmente cuando ubicó el hecho en el contexto del clima represivo de la época (la dictadura de Juan Carlos Onganía), cuando los militares hasta podían cortarle el pelo a los muchachos por la fuerza.

    La década de 1960 fue una época de éxitos para Peluffo. Fue reconocida por los principales críticos y curadores de su tiempo. Su obra fue expuesta con frecuencia. Participó en Salones Nacionales y en exposiciones del Instituto Di Tella, así como en dos importantes exposiciones itinerantes en el exterior: New Art from Argentina (1965), y The Emergent Decade (1965-67). En noviembre de 1969 participó con un retrato en una exposición en homenaje a Ernesto “Che” Guevara, la que estuvo abierta sólo quince minutos antes de que fuera cerrada por la policía.

    Ese cuadro pertenecía a una serie de más de veinte retratos de personas conocidas en Argentina, los “famosos”, que Peluffo pintó en colores planos – en una estética cercana al Pop Art -, y mostró en la exposición Cara a cara. El evento fue muy divulgado en los medios de prensa, lo que la hizo conocida del gran público, aunque algunos críticos no compartieron tal entusiasmo, entre ellos Marta Traba. 

La apuesta, 1978

VIAJES Y DESENCUENTROS. Durante gran parte de los 70 Peluffo realizó una serie de viajes, con estadías más o menos prolongadas en Bogotá, Caracas, México DF y Nueva York. En 1970 viajó a Caracas, a exponer sus autorretratos, y luego siguió viajando, probando nuevos mercados, en una búsqueda intranquila que también parece haber tenido un aspecto personal. Se alejó del mundo del arte argentino, y muchas de sus obras quedaron desperdigadas por varios países, lo que contribuyó a que su presencia como artista se desdibujara.

    En 1975, año de encuentros y desencuentros amorosos, viajó a México, Estados Unidos y Venezuela, donde en 1976 realizó su primera exposición individual después de cinco años. Entonces mostró una nueva serie de autorretratos, desnudos de cuerpo entero flotando en un indefinido espacio oscuro, ambivalente, que puede ser tanto agua como aire.

    Cuando regresó a Argentina, ya no era la figura radiante de unos años atrás. Amigos y colegas la encontraron triste y desmejorada físicamente. Estaba seriamente enferma, padecía de cáncer, pero parecía negar la gravedad de la situación. Continuó trabajando, incluso alcanzó a cambiar radicalmente la orientación de su pintura una vez más. En 1978 realizó una serie de obras en estilo hiperrealista, serie que fue mostrada en su última exposición en la galería Arte Múltiple. Murió en diciembre de 1979, a los 48 años. Es significativo que en La apuesta – una de sus últimas obras – pintó cinco cartas, una partida de póker, con una escalera del máximo valor, del diez al as de trébol. En el cielo azul, entre nubes blancas, vuelan las fichas multicolores. Martha Peluffo apostó con todo.

MARTHA PELUFFO. ESTA SOY YO, de Victoria Verlichak. Fundación CEPPA, Buenos Aires, 2007, 192 págs.

El País Cultural. No. 968, 30 de mayo de 2008, Montevideo, Uruguay.

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