Centenario de Frida Kahlo (1907-1954). Frida en el corazón

Pedro da Cruz 

Frida Kahlo, hija de un inmigrante de origen austro-húngaro y una mexicana proveniente de Oaxaca, nació en Coyoacán, en la periferia de Ciudad de México, en 1907. Viviría durante toda su vida donde nació, en la llamada Casa Azul, que fue convertida en el Museo Frida Kahlo en 1958. Crecida en una familia de clase media, el padre, Guillermo Kahlo, era fotógrafo con estudio fotográfico propio.

Mis abuelos, mis padres y yo (Árbol familiar), 1936

La niñez de Frida fue marcada por los sufrimientos físicos, que serían constantes hasta los últimos días de su vida. Cuando tenía nueve años contrajo poliomielitis, lo que tendría como consecuencia la parálisis parcial de una de sus piernas. La enfermedad fue tal vez un factor decisivo para la futura vocación de la niña, ya que, debido a que tenía que guardar cama, su madre hizo colocar un espejo en el techo del dormitorio y le proporcionó lápices, pinceles y papel para que se entretuviera.

La enfermedad no fue obstáculo para que Frida participara en juegos con otros niños, y fuera físicamente muy activa. Su carácter participativo se manifestó cuando fue líder de un grupo llamados “Los Cachuchas”, estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México, edificio emblemático del naciente muralismo mexicano, donde vería al muralista Diego Rivera realizar sus primeros frescos. Poco después, en 1925, cuando tenía dieciocho años, Frida fue víctima de un accidente de ómnibus que tuvo importantes consecuencias para su salud futura: uno de los barrotes del vehículo, luego de quebrarse, le atravesó el abdomen, afectándole la pelvis.

Las adversidades físicas no impidieron que sólo tres años después del accidente, con veintiún años, se casara con Diego Rivera, quien había estado casado dos veces y la doblaba en edad. La relación fue intensa y tormentosa, ambos tuvieron relaciones paralelas, con diversas separaciones, llegando incluso a divorciarse y casarse por segunda vez. Ambos vinculados al Partido Comunista Mexicano, formaron parte del núcleo de intelectuales ubicados en el epicentro de la vida política y cultural del México de entonces. Se relacionaron también con políticos e intelectuales de la escena internacional, como León Trotsky, que estando exilado en México fue asesinado por los seguidores de Stalin, o el líder del surrealismo André Breton. Hacia 1950 la salud de Frida ya estaba muy quebrantada, lo que la obligaba a usar un corsé de yeso y a permanecer casi constantemente en la cama, donde, sin rendirse, seguía pintando. En 1953 sufrió la amputación de una pierna, y un año después falleció en la Casa Azul. Tenía entonces 47 años. La fuerza poética de su obra revela el genio de una artista que dio todo de sí y reveló su mundo interior sin tapujos, lo que convertiría su figura en uno de los íconos más fulgurantes del arte de nuestro tiempo. 

Autorretrato, 1938

CORTINA DE CACTUS. Distribución de las armas es el título de uno de los murales que Rivera pintó en el Claustro de Fiestas de la Secretaría de Educación Pública, en Ciudad de México, entre 1926 y 1928. La mayoría de esos murales muestra motivos relacionados a la Revolución Mexicana, una serie de enfrentamientos que se sucedieron entre 1910 y 1920. En el centro de Distribución de las armas se ve a una mujer joven, con los rasgos inconfundibles de Frida, repartiendo armas a miembros de las fuerzas revolucionarias. El motivo debe ser visto como una toma de posición política, y no como un hecho veraz relacionado a la vida de Frida. Una niña de clase media que tenía 13 años cuando finalizó la revolución en 1920 difícilmente podía haber participado en episodios relacionados con la lucha revolucionaria.

Años más tarde Rivera sería considerado uno de los tres “grandes” del muralismo mexicano, junto a David Alfaro Sequeiros y José Clemente Orozco. Sus obras muestran la ambición de desarrollar una temática que reflejara la situación social y política del México de entonces, de tomar partido por las masas, a las cuales se quería educar por medio del enorme proyecto de arte público del que Rivera formaba parte. El carácter de las obras de Rivera, debido a su condición de artista reconocido y partícipe en un movimiento de envergadura nacional, contrasta con la actitud de Frida, que desarrolló una obra de carácter íntimo centrada en su experiencia personal, resumida en la fantástica serie de autorretratos que pintó a lo largo de su vida. El muralismo se fue institucionalizando con el correr de los años, con la posición de sus principales figuras fuertemente cuestionada por los artistas jóvenes (José Luis Cuevas se refirió a la “Cortina de cactus” que aislaba al arte mexicano). La posteridad, nuestra época posmoderna, compararía las obras de Kahlo y Rivera a favor de la primera, revalorando positivamente el aspecto de lo auténticamente íntimo, especialmente la conciencia artística del propio cuerpo, en comparación con los aspectos de proyecto político del arte de Rivera. 

La columna rota, 1944

EL CUERPO CASTIGADO. En La columna rota, obra de 1944, Frida describió su sufrimiento físico, derivado del accidente de ómnibus que sufrió en su juventud, con un lenguaje plástico simbólico, un recurso que usó con frecuencia en sus obras. Desnuda, con excepción de una tela blanca que cubre la parte inferior de su cuerpo, Frida mira al espectador mientras lágrimas blancas ruedan por sus mejillas. Su cuerpo está abierto al medio, con ambas mitades sostenidas en su lugar por un corset de tiras de metal. En lugar de la columna vertebral vemos una columna clásica, de orden jónico, con rajaduras en varias partes. La analogía es evidente, siendo la idea de sufrimiento explicitada por clavos hincados en el rostro, el tronco y los brazos.

    Algunos de sus numerosos autorretratos están relacionados a la misma temática, por ejemplo La cierva herida (1946), en el que el cuerpo de una cierva con la cabeza de Frida es atravesado por nueve flechas, una suerte de interpretación moderna del martirio de San Sebastián. El sufrimiento de Cristo es evocado en Autorretrato con collar de espinas (1940), lastimando las espinas el cuello en lugar de la frente. En Autorretrato con retrato del Doctor Farill (1951), obra dedicada a uno de sus médicos personales, Frida se retrató sentada en su silla de ruedas, sosteniendo sus pinceles y una paleta con forma de corazón, revelando al espectador sus limitaciones físicas. Uno de sus autorretratos más dramáticos es el titulado Henry Ford Hospital (1932), en el que Frida usó su lenguaje simbólico para describir las múltiples pérdidas y embarazos fallidos que, resultado de las secuelas del accidente en su juventud, frustraron su deseo de ser madre. En 1932 la pareja se hallaba en Estados Unidos, Rivera pintaba entonces una serie de murales en el Detroit Institut of Art, cuando Frida fue internada de urgencia debido a la pérdida de un embarazo. La obra nos muestra a Frida acostada desnuda en una cama ensangrentada, unido su abultado vientre por medio de cintas rojas que recuerdan arterias, a diferentes objetos, entre los que se cuentan un embrión humano, una flor y un caracol. No fueron muchos los artistas modernistas – quizás exceptuando al austriaco Egon Schiele – capaces de exponer la imagen de su propio cuerpo de esa manera intensa y descarnada a la mirada del público. 

LA VÍCTIMA ANÓNIMA. En Unos Cuantos piquetitos, obra de 1935, Frida repite el motivo de un cuerpo ensangrentado sobre una cama. Pero ésta vez no se trata del suyo propio, sino el de una mujer anónima que representa a su género, víctima de la violencia de un hombre que sostiene un cuchillo con el que ha apuñalado a la mujer varias veces. El título del cuadro está escrito en una cinta sostenida por dos pájaros, al estilo de obras de arte popular mexicano, y muestra cierta aceptación, entonces y ahora, de la violencia doméstica por parte de la sociedad. El título es irónico, como sacando importancia al asunto, como diciendo “unas poquitas puñaladas”.

La obra se inscribe en el marco de una sociedad patriarcal, de la que es expresión el manido machismo, fenómeno típico no sólo de México sino de toda América Latina. La relación sentimental entre Frida y Rivera ha sido analizada reiteradamente, haciéndose por lo general hincapié en las relaciones paralelas que Frida supuestamente tuvo con León Trotsky o con la fotógrafa italiana Tina Modotti, así como en las relaciones de Rivera con diversas mujeres. Debido a los valores de la época se veía a Frida como una trasgresora, mientras que el comportamiento de Rivera era visto como “natural”. La relación de Frida y Rivera fue muy tormentosa, pero sin duda muy importante para ambos, lo que se refleja en varias obras de Frida. Por ejemplo en Autorretrato como tehuana (1943), también conocida como Diego en mi mente, en la que lleva un magnífico traje regional blanco que recuerda un vestido de novia, y un retrato de Rivera pintado en la frente. Otra obra que puede relacionarse a los altibajos de la relación sentimental es Autorretrato con pelo corto (1940), en la que se ve a Frida sentada en una silla, esta vez vestida con traje de hombre, con las tijeras en la mano y mechones de su pelo dispersos por el suelo. La obra también incluye las notas y el texto de una canción: “Mira que si te quise, fue por el pelo. Ahora que estás pelona, ya no te quiero.

El pelo, así como las cejas y el vello labial, fueron muy importantes para la imagen que Frida quería dar de sí misma, usando la vellosidad en la vida real y en sus autorretratos, en los que exageraba el tamaño de sus cejas, para expresar su sensualidad. Una vez más, principalmente gracias al empuje del movimiento feminista a partir de la década de 1970, la posteridad se inclinaría a favor de Frida, presentándola como ejemplo de una mujer independiente, con una obra plástica de inconfundible valor personal en la que expresó todos los aspectos de su condición femenina.

LAS DOS FRIDAS. En 1939 Frida pintó un autorretrato doble, las dos figuras sentadas lado a lado tomadas de la mano, mostrando sus corazones unidos entre sí por una arteria. La Frida de la izquierda está vestida a la europea, con una blusa de encaje de cuello alto, la larga pollera blanca manchada de sangre que mana de una arteria proveniente del corazón, flujo que Frida trata de parar con una pinza ortopédica. Estableciendo un contraste, la Frida sentada a la derecha está vestida con ropa de tipo popular mexicano. De ésta forma expresa las dos vertientes de su origen: europea por el lado paterno y americana por el lado materno.

Otra obra en la que Frida ya había usado su ascendencia como motivo es Mis abuelos, mis padres y yo. Árbol de familia (1936), en la que los retratos de los abuelos fueron pintados a cada lado del retrato de la madre y el padre, ambos vestidos como en el día de su boda. Frida se retrató dos veces en la obra: como embrión, unida a su madre por el cordón umbilical, y como niña, parada desnuda en el patio de la Casa Azul donde nació. Con estas obras la artista entró de lleno en la problemática de la etnicidad, la que expresó tanto en su vida cotidiana como en sus autorretratos, en lo que también fue una precursora.

Diversas fotos de Frida la muestran llevando ropa autóctona (polleras largas para no exponer su pierna afectada por la poliomielitis), con trenzas arregladas de distintas maneras sobre la cabeza, engalanada con todo tipo de adornos y joyas de origen popular, y rodeada de distintos animales autóctonos. Todos estos elementos aparecen combinados de distintas formas en numerosos autorretratos, como Autorretrato con perro chihuahua (1938), Yo y mis loros (1941) y Autorretrato con monos (1943). Frida mostró cierta ambigüedad en su relación con lo europeo, especialmente en el campo artístico. André Breton, creador y líder del surrealismo, visitó México en 1938, luego de “descubrir” el arte de Frida. El poeta intentó incluir la obra de la artista en el movimiento que había creado en 1924, pero Frida se resistió a que su pintura fuera catalogada como surrealista, lo fantástico no era un capricho o un ejercicio estético, sino que ella pintaba “su” realidad. Ejemplo de esta postura es la obra Lo que vi en el agua (1938), en la que la artista muestra sus pies semisumergidos en la bañera, que a su vez está poblada de figuras de pájaros, plantas, vestidos, volcanes y personas, figuras que pueden ser reconocidas como motivos provenientes de otras obras de Frida. Muestra su mundo y las figuras que lo pueblan.

El aspecto étnico también se manifiesta en su interpretación de la relación entre México y los EEUU, donde Frida y Rivera vivieron durante los primeros años de la década de 1930. En Autorretrato en la frontera entre México y EEUU (1932) Frida se retrató con la bandera mexicana en la mano, parada sobre un zócalo ubicado entre dos paisajes muy diferentes: a la izquierda el mexicano, poblado de flores, con una pirámide e ídolos precolombinos, a la derecha el estadounidense, con rascacielos y un gran número de elementos mecánicos, un tipo de paisaje industrial. La visión de América Latina como un lugar poblado de elementos fantásticos, relacionado a los orígenes de la tierra y a elementos cósmicos (el sol. la luna, los planetas), coincidiría con la de otros intelectuales que tuvieron una posición similar cuando describieron la cultura de sus pueblos en relación a la cultura anglosajona e industrial del “norte”. Frida sería de esta forma considerada una representante del continente, convirtiéndose en un icono latinoamericano, incluso para la población de origen latino de Estados Unidos.

INTENSIDAD QUE CUESTIONA. Pintado por Frida hacia el fin de su vida, Naturaleza viva, de 1952, es una naturaleza muerta que incluye su título en la propia obra, en letras pintadas en forma de ramas, las que surgen por debajo de un grupo de frutas tropicales. La composición se completa con una paloma blanca, y en el cielo se ven el sol y la luna simultáneamente. La naturaleza muerta, en general un grupo de frutas tropicales de vivos colores, es un motivo que Frida reiteró, de Los frutos de la tierra (1938) a Naturaleza muerta con bandera (1954), pintada durante su último año de vida. La referencia a elementos de la naturaleza, flores y vegetación exuberante, así como a la tierra, los astros y el universo, es constante en sus obras. En Mi ama y yo (1937) Frida se retrató como una niña, aunque con rostro de adulta, amamantada por una figura de piel morena con aspecto de ídolo, referencia a lo precolombino y por extensión a su origen y a la etnicidad mexicana.

Varios de esos elementos aparecen también en La flor de la vida (1943), un tipo de planta cósmica, y en El abrazo amoroso del universo, la tierra (México), yo, Diego y el señor Xólotl (1949), donde la figura de la tierra sostiene en sus brazos a Frida, que a su vez sostiene en sus brazos a un niño desnudo cuya cabeza es la de Rivera. Las frutas multicolores de las naturalezas muertas son un símbolo de lo vital, de una actitud de empuje y compromiso con el entorno a la que Frida nunca renunció. Quizás sea por eso que la intensidad de sus obras cuestiona, conmueve, atrae, y hasta puede producir rechazo, pero nunca nos deja indiferentes. Unos trozos de sandía, de un rojo intenso, salpicados de semillas negras, es el simple motivo de la última obra que pintó ya marcada por la muerte, obra que emblemáticamente tituló ¡Viva la vida!

Los espejos de Frida 

La intensa y pasional vida de Frida Kahlo, así como su condición de icono absoluto, ha motivado a intelectuales y creadores de diversas áreas a intentar interpretar la compleja figura de la artista.  En el campo literario abundan las biografías sobre Frida, siendo la más conocida la escrita por Hayden Herrera, Frida. Una biografía de Frida Kahlo (1983). Unos años más tarde se publicó El diario de Frida Kahlo. Un autorretrato íntimo (1995), con prólogo del Nobel Octavio Paz. En el campo de las artes plásticas se destaca la obra del mexicano Nahum B. Zenil, quién se retrató sentado en un ómnibus, así como en otros entornos y situaciones que evocan la vida de Frida. El campo del cine es tal vez el que presenta más dificultades en la formulación de un equilibrio entre la idea de la realidad histórica y las licencias de la ficción. En 1984 se estrenó Frida. Naturaleza viva, dirigida por Paul Leduc, con Ofelia Medina y Juan José Gurrola en los papeles de Frida y Diego. La película no es un relato cronológico, sino que pretende recrear la atmósfera de las obras de la artista. Una década más tarde se conocieron dos proyectos de películas sobre Frida, las que serían interpretadas por la mexicana Salma Hayek y la norteamericana de origen puertorriqueño Jennifer López respectivamente. Éste último proyecto se frustró, mientras que el liderado por Hayek resultó en Frida (2002), basada en la mencionada biografía de Hayden Herrera, y dirigida por Julie Taymor. Salma representa a una Frida con glamour, con un cuerpo perfecto, y la única huella visible del sufriente cuerpo de la artista es una cicatriz, muy pequeña, a la altura del riñón. Diego (Alfred Molina) también está estilizado, aparece más delgado y bonito. Frida baila tango, al estilo Hollywood, con Tina Modotti (Ashley Judd), mientras que Antonio Banderas agita banderas rojas en el papel del muralista David Alfaro Siqueiros. Según la escala de clasificación usada en Estados Unidos Frida fue clasificada como R, debido a sexualidad/desnudez y a su lenguaje.

El País Cultural, No. 936, 12 de octubre de 2007, Montevideo, Uruguay.

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