Guillermo Fernández. Una presencia que se resiste al olvido

Pedro da Cruz 

El lápiz se acerca al papel, con lentitud, dócil al movimiento de la mano que lo dirige. El maestro traza una línea, hace una pausa, dice algo que sirve de orientación, se concentra. Los ojos van mucho más rápido que la mano, acostumbrados a medir la superficie del papel, a ir adelantándose a lo que vendrá, decidiendo los impulsos que enviará a la mano. Una línea es acompañada por otras, es repasada, o acompañada, siguiendo la voz que orienta, que revela lo que va sucediendo. Una, dos, tres veces recorre el lápiz la misma distancia.

    Todo parece fluir sin esfuerzo, con una naturalidad, un ritmo, que puede llegar a ser casi alucinatorio para quién va siguiendo, muy de cerca y sin otros interlocutores, la serena conversación. Un razonamiento que explica el surgimiento de las relaciones entre líneas, formas y planos. De la nada surge una línea, no recta, sino con una gracia indefinida, como resultado de un juego. Luego aparece otra línea, que comienza a acompañar a la primera. Pero a medio camino, obedeciendo a un impulso, siguiendo una suerte de inspiración, la mano cambia de dirección. Y la línea forma un ángulo, se opone a la primera, y sigue luego ondulando para terminar en un punto decidido.

    Seguirán otras líneas, en parte paralelas, con la misma dirección, o variando la misma, volviendo a su punto de origen, cerrándose. Y entonces surge una forma, que pronto es acompañada por otra línea. Y luego surge otra forma que se opone, siguiendo ritmos y variaciones que pueden llegar a ser infinitas. Una forma es pequeña, otra grande, geométrica u ondulante.

    La goma de borrar no existe en el universo del taller. El maestro duda muy pocas veces. Todo fluye al ritmo de la conversación. Si vuelve atrás es para reafirmar una línea, repasarla, porque es importante para lo que explica, o porque la quiere resaltar. No hay equivocación porque no hay soluciones predeterminadas. Si una forma no es convincente se la complementa con otra, se la pone en tensión con líneas que se acercan o se distancian. Y como todo vale, el maestro mueve rápidamente un dedo sobre el papel, lo pasa con firmeza sobre algunas cortas líneas que había trazado, como distraído, mientras explicaba algo. Y como por resultado de un conjuro, surge un plano oscuro, contrastando con el blanco del papel, plano que a su vez va a ser origen y soporte de otras formas.

    Cuatro líneas definen un rectángulo sobre el papel. Una delgada línea cruza la superficie de la figura. Su importancia es marcada por medio de dos cortas líneas, o flechas, en los bordes del rectángulo. Es un eje. Y luego aparece otra línea delgada – otro eje -, más cerca del contorno de la figura ésta vez. Nunca se repite la misma distancia, siempre hay variación en las proporciones. Los ejes organizan, son la espina vertebral de la composición, aunque en algunos casos pueden desaparecer. Pero la presencia de los mismos es evidente. Un pequeño círculo con un punto en su centro, una forma regular, con un vértice que coincide con uno de los ejes. Una forma irregular, centrada en un eje, con un ángulo que alcanza al otro eje con su vértice.

    Líneas que se encuentran, que se oponen, interrumpidas por otras en ángulo recto. El lápiz recorre en el aire la superficie, va esparciendo puntos, marcas, y va tendiendo líneas, unas rápidas, otras demoradas, alternativas elegidas entre muchas posibles. A la vista del que observa la mano del maestro va surgiendo una estructura de líneas verticales y horizontales, y sobre éstas, y a los lados, el lápiz va trazando líneas delgadas que ponen en evidencia las relaciones entre los elementos. Los ejes, marcados con ángulos y flechas, van determinando las características de los elementos que son integrados a la estructura. Los espacios son también importantes, tan importantes, o más, que las formas.

    Una cruz determinada por dos ejes. Formas en ángulo determinadas por nuevos ejes que van apareciendo en los campos de la estructura. Un círculo con un punto en el centro. Una forma compacta que se estrecha debido a la dirección de un eje, un rectángulo con una muesca en forma de triángulo, una variación infinita, la mano no se cansa. Y finalmente ahí está la estructura, surcada por líneas, ejes y flechas, un conjunto de elementos que al finalizar el proceso de composición conforman un universo equilibrado. De repente, la mano se detuvo. Los lápices son ahora manejados por quienes alguna vez vimos moverse la mano del maestro.

La Pupila, No. 3, Agosto 2008, Montevideo, Uruguay.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uruguay y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s