La escultura de Guillermo Riva-Zucchelli. Ingeniería poética

Pedro da Cruz

Guillermo Riva-Zucchelli (1925-2005) comenzó a incursionar en el campo del arte en una época tardía de su vida. Hasta entonces se había dedicado a la ingeniería civil – se graduó a los 25 años – y a trabajar en el Banco República. El artista ha dejado testimonio de que su niñez y adolescencia habían sido épocas de gran control familiar y social, que dejaba poco espacio a la espontaneidad y la creación. Luego siguieron las obligaciones profesionales y familiares, el cumplimiento de los deberes, aunque Riva-Zucchelli sentía que en algún momento iba a tener que transgredir los códigos por los que se sentía atado.

    La organizada vida del futuro escultor fue sacudida, como la de tantos otros uruguayos, por los acontecimientos sociales y políticos de principios de los años setenta. Luego de la derrota electoral del Frente Amplio en 1971, Riva-Zucchelli renunció a la presidencia de Platea S.A., editora del diario Ahora, y se separó del Partido Demócrata Cristiano, del que había sido militante. La detención de su hija en 1972 determinó que decidiera mudarse con su familia a Buenos Aires, aunque durante una visita de trabajo a Montevideo en 1974, ya durante la dictadura, él mismo fue detenido e internado durante un mes y medio en el Cilindro Municipal.

    Su primera vivencia creativa la realizó en 1978, cuando concurrió al taller del ceramista Duncan Quintela, donde experimentó con sorpresa y placer el modelado del barro. La primera escultura que realizó fue “Vela”, una vela de barco modelada en barro a la que luego aplicó esmalte. Pero pasarían aún cinco años antes de que la vida de Riva-Zucchelli se viera profundamente afectada, cuando él tenía 58 años, por el fallecimiento de su madre en noviembre de 1983. Una experiencia que el artista vivió como una liberación, y que lo llevó a cuestionar la orientación que su vida había tenido hasta entonces, desencadenante de la decisión de dedicarse plenamente a la creación artística.

    Dos años más tarde, coincidiendo con la apertura democrática en Uruguay, Riva-Zucchelli regresó definitivamente al país, y se dedicó de lleno a la actividad escultórica. Durante su primera década de actividad el artista rechazó totalmente la parte de su personalidad que estaba relacionada con su experiencia técnica. Lo que entonces predominó fue en cambio la expresión del sentimiento, un elemento nuevo opuesto a los valores que habían regido su vida anterior.

Inspiración modernista

Esta primera etapa de la carrera del artista coincidió, aparte de la admiración que ya sentía por la escultura de Auguste Rodin, con el descubrimiento de las obras de dos escultores modernistas consagrados. Gracias a sus actividades profesionales Riva-Zucchelli tenía el privilegio de viajar frecuentemente a Europa, y en sus visitas a distintos museos se familiarizó con las obras de Jean Arp, cuyas esculturas estaban inspiradas en formas orgánicas relacionadas a la naturaleza, los ciclos de la vida (germinación y crecimiento), y el cuerpo humano, especialmente el femenino. El ejemplo de la obra de Arp sería en el futuro una de las principales fuentes de inspiración de Riva-Zucchelli, junto con el ejemplo de las esculturas de Henri Moore.

    Durante estos primeros años de actividad, los principales materiales usados por el artista fueron el yeso, la terracota y el cemento. Aunque entonces había tomado distancia de los principios de la ingeniería, especialmente del pensamiento lógico y racional que constituye la base de esa disciplina, se inspiró en la forma de los tetrápodos (grandes elementos de cemento usados para la construcción de diques y escolleras) cuando realizó algunas de sus esculturas tempranas. Pero esas formas no fueron regulares, sino que resultaron en elementos orgánicos, en general con curvas que evocan formas femeninas, a los que cargó de referencias a lo humano, ya fuera lo lúdico o lo erótico.

    Algunas de las obras con estas características son los trabajos en terracota “Tetrapodo I” (1980), “Tetrapodo II” (1981), y “La foca Carlota” (1981), ésta última, su primera obra no figurativa, resultado de una experiencia de modelado a partir de un desnudo, una modelo cuyo nombre era Carlota. Otro artista que con su obra también inspiró a Riva-Zucchelli fue el escultor Max Bill, quién a comienzos de los años cincuenta realizó esculturas basadas en el principio de la cinta de Möbius (o Moebius), una forma plana y larga girada sobre sí misma que resulta en una cinta con una sola superficie, lo que se puede comprobar recorriéndola con un movimiento continuo. Riva-Zucchelli también realizó varias versiones de obras basadas en el mismo principio, durante sus primeros años como escultor los yesos “Folio de Möbius I” (1979), “Folio de Möbius II” (1980) y “Folio de Möbius III” (1981).

Ojo del dios, 1990

Irrupción de la piedra

El cambio radical en su derrotero vital, que el artista concretó en 1983, fue también un punto de inflexión en cuanto a la elección de materiales para la realización de sus obras. Entonces comenzó a trabajar la piedra, material que se convertiría en su principal medio de expresión durante las siguientes décadas.

    Su primera obra en piedra, para la que usó alabastro, fue “Recogimiento” (1983), una escultura con formas redondas que evoca un cuerpo de mujer recogido sobre sí mismo. Ese mismo año realizó los mármoles “Mujer”, “Foca Carlota II” y “Venus del pinar”. Durante los años siguientes siguió combinando el modelado del barro con el trabajo del mármol y el alabastro, materiales en los que realizó “Recuerdo de Danaide” y “Georgina” en 1984 y “Vida”, “Tetraedro”, “Nacimiento” y “Venus paleolítica” en 1985.

    Otro acontecimiento importante para la confirmación del derrotero que Riva-Zucchelli había comenzado con la escultura en piedra fue un viaje que realizó en 1986 junto a su esposa Rebeca. Luego de visitar Israel arribaron a Roma, desde donde viajaron en automóvil hasta Carrara, lugar de encuentro de canteros y escultores antes de que Miguel Ángel usara el mármol de la zona para realizar sus esculturas. El encanto del lugar subyugó tanto al artista, que durante varios años viajó regularmente a Carrara para trabajar allí durante los meses de verano. Entre muchos otros escultores que tenían sus talleres en la zona, frecuentó a Gonzalo Fonseca, uno de los miembros más renombrados del Taller Torres García, quién ya hacia 1970 se había establecido en la cercana Pietrasanta.

    Poco a poco Riva-Zucchelli fue madurando la idea de aprovechar sus conocimientos técnicos, adquiridos durante los años en que estudió y practicó la ingeniería, para investigar nuevos materiales y elementos que pudiera aplicar a sus esculturas. En 1987 incluyó luz en “Nacimiento”, una pieza de alabastro que, iluminada desde su interior, revela su estructura y su color. Basándose en los mismos principios, la semitransparencia de la piedra al ser iluminada desde dentro, creó “El ojo del dios” dos años más tarde.

    El rechazo de las técnicas relacionadas a la ingeniería terminó de ser definitivamente vencido en 1989, cuando se afirmaron algunos titubeantes cambios que se venían apreciando en la orientación del arte de Riva-Zucchelli. Ese año el artista realizó una pieza en piedra de carácter muy diferente a lo que había esculpido hasta entonces. De un trozo de mármol rosa de Portugal que había sobrado de la realización de una obra anterior, realizó una escultura con el significativo título “Ruptura”, un bloque apenas trabajado completado con una forma de piedra negra en forma de flecha.

Navegare, 2002

 El movimiento y el agua

Durante esa época Riva-Zucchelli se estableció en la que llamaría Carpe Diem, una casa ubicada en Laguna del Sauce, donde también organizó su taller de escultura. La primera obra que realizó allí fue “La bella del lago” (1988).

    La introducción de la cinética – un nuevo elemento que sería muy importante en las obras realizadas durante los años siguientes – condujo al artista a la búsqueda de soluciones plásticas, combinadas con cálculos técnicos, para lograr que las obras fueran puestas en movimiento por estímulos externos, entre otros, el aire y el agua. Durante su estadía en Carrara en 1989, Riva-Zucchelli realizó las primeras obras con estas características. “Móvil I” está compuesta por una forma en espiral de alabastro que se apoya en un solo punto sobre una base de piedra negra, construcción que permite que el espiral gire sobre sí mismo. “Móvil II” es un cubo de alabastro con una cavidad interior en la que cuelga libremente una esfera de mármol negro. Dos años más tarde realizó “Rotor Savonius” (1991), compuesto por un círculo de mármol (con una superficie texturada que refleja de distintas formas la luz del sol) colgado de un eje de carreta, el que ha su vez es sostenido por un poste de eucalipto.

    Poco después Riva-Zucchelli introdujo una variante significativa en la posición del punto de apoyo de las formas, es decir, en las bases. Al extremo de utilizar una varilla de acero inoxidable, recta o curva, recurso que agrega un elemento de fragilidad y riesgo. “Hoja” y “La Zucca”, ambas de 1992, son ejemplos de figuras de piedra que parecen flotar en el espacio.

    En 1991 el artista comenzó a incorporar aun un nuevo elemento a sus esculturas: el agua. La idea era que el flujo del líquido pusiera las partes de las esculturas en movimiento. Así surgió el trabajo con las fuentes, al principio en una escala menor con “Fuente espiral” (1994), compuesta por una espiral en mármol rosa que gira alrededor de un vástago de acero inoxidable que la sostiene. En una escala mayor realizó luego “Espíritu del océano” (1994), con una esfera de mármol rosa que gira al impulso del agua dentro de una forma de mármol oscuro, escultura que sería instalada frente al Swiss Bank, en Punta del Este.

    Durante los últimos años de su carrera Riva-Zucchelli realizó varias esculturas de carácter monumental. “Democracia” (1999), en mármol blanco de Carrara, fue ubicada en el Parque de Esculturas del Edificio Libertad; “Navegare neccesse” (2000), un barco en mármol, madera y cuero, fue realizado para el hall de entrada a la terminal de pasajeros del puerto de Montevideo; mientras que “Monumento a los pioneros de Maldonado” (2001) fue ubicado en Solanas. El artista continuaría de esta forma una tradición, surgida en el Renacimiento italiano, y compartida con una serie de grandes artistas de distintas épocas, de utilizar los mármoles de Carrara para realizar obras que enriquecen los espacios públicos.

Dossier, No. 24, Enero-Febrero 2011, Montevideo, Uruguay.

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